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[Análisis] Un reconocimiento para los lectores de Hernán Rivera Letelier

La obra del actual Premio Nacional de Literatura es considerada de «popular», y así lo demuestra la venta de sus libros, la mayoría best seller. El saca un título al año y todavía le queda mucho carrete, ha dicho. Aquí una columna de Rodrigo Ramos Bañados, quien habita en la misma ciudad donde el narrador de la pampa ha hecho su reducto.

Por Rodrigo Ramos Bañados

Publicado el 20.9.2022

He leído cinco libros de Hernán Rivera Letelier, flamante Premio Nacional de Literatura 2022. Con esto me basta y sobra para conocer su obra. Ignoro cuántos libros lleva a le fecha. Los que leí fueron, y en este orden: La reina Isabel cantaba rancheras o el inicio con putas y burdeles; El ángel parado en una pata o la niñez evangélica del poeta; Los trenes se van al purgatorio o el recuerdo del tren Longitudinal Norte; Fatamorgana o su canto al romance imposible y por último, la épica y justiciera Santa María de las flores negras.

Esos libros, que se pueden leer como una sola novela de las salitreras del Norte Grande, dan cuenta del abultado y extravagante imaginario del narrador en los días que las salitreras humeaban en el desierto de Atacama.

Aparecen personajes de nombres rimbombantes y de características peculiares; anécdotas picarescas y deslenguadas que, por lo visto, hacían olvidar los abusos laborales; aventuras amorosas donde la mujer habitualmente es un cuerpo de deseo o, por el contrario, una solterona amargada; chistes largos y chistes breves y una majamama de descripciones preciosistas del desierto que sólo un narrador con alma de poeta esdrújulo nos puede entregar.

Pero leer las alrededor de veinte novelas con una estética similar, o quizás parecida, o con algunas excepciones como las historias de detectives donde también abundan los nombres rimbombantes o personajes de teleseries caribeñas de los años 80, es un placer sólo de lectores hinchas. Y es aquí donde entran los reales fanáticos, fans, admiradores números 1 y conocedores del idolatrado.

Recuerdo a mi madre, en mi infancia, eligiendo desde un montículo de libros de Corín Tellado en una feria persa de Iquique. Le pregunté por qué le gustaba Corín Tellado. Me dijo que se entretenía. En casa había como veinte novelas de la escritora española y todas, con ciertos matices, eran de romances.

En adelante, leer por entretención, como lo hacía mi madre, me pareció buenísimo. Me hice fans de Barrabases, pero aquello es otra historia.

 

Un genuino placer estético

Con Rivera Letelier sucede algo parecido que con los lectores de Corín Tellado. Lo último que aparece publicado de mi coterráneo (vivimos en la misma ciudad que es larga como chicle masticado) se transforma en best seller.

Su legión fiel de lectores nunca han atendido a la crítica literaria, siempre hostil y lapidaria a todo el aroma riveriano. A ellos no les interesa el mundo literario ni menos las opiniones de escritores y críticos. Lo leen y lo disfrutan con un placer sin culpa —culpa de qué; de qué les digan que están leyendo lo mismo de siempre, pero escrito de otra manera-—.

Son los mismos que hacen fila para que el Premio Nacional les firme sus libros en alguna feria; personas sin aspavientos literarios ni ínfulas que no citan a Sontag ni siquiera a Zambra. Cuántos escritores bendecidos por la crítica quisieran tener los lectores de Rivera Letelier; o, en otros términos, las narrativas más complejas al parecer espantan a los lectores que buscan entretención.

Ignoro si en el mismo saco caben los lectores que consumen a Isabel Allende o Jorge Baradit. Lectores hay. Muchos. El asunto es conquistarlos, seducirlos, y Rivera Letelier lo hace con su narrativa como si fuera un locutor de Radio AM de los 80 con éxitos de Perla, Amanda Miguel y de algún cantante español festivalero.

Este Premio Nacional de Literatura no es sólo para el escritor que lo buscó por al menos 15 años ni para la provincia nortina ávida de reconocimiento capitalino que lo celebra porque sólo hace noticia por delitos y huelgas del cobre; por el contrario, este reconocimiento es para todos esos lectores, como mi madre, que disfrutan con genuino placer cada frase rimbombante escrita por el Hernán Rivera Letelier.

Ella es parte de los mismos que se ríen de las aventuras de la Chamullo o la Poto Malo o se preguntan maliciosamente, a la hora del té, por qué a tal hombre le dicen burro chato; o que sufren con el amor de Golondrina del Rosario Alzamora Montoya con el trompetista Bello Sandalio en la ruinosa Pampa Unión.

Rivera Letelier les sesea al oído a sus lectores y la piel de estos se pone carne de gallina. Para qué cambiar la fórmula. Ruinas de salitreras abundan en el desierto. Los lectores, que son miles, necesitan de sus novelas para escapar un rato de una realidad agria y meterse en un mundo dulzón.

Para dicha de los lectores del flamante Premio Nacional, Rivera Letelier anunció que mantiene varias novelas semi listas en su computador y otras tantas circulando por su cabeza. Hay aventuras riverianas para rato del narrador, antofagastino —orgullo de la ciudad, hay que decirlo—, más popular del país.

Por último, siempre es mejor leer que ver matinales por la televisión.

 

 

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Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1973) es escritor y un periodista titulado en la Universidad Católica del Norte. Ha publicado, entre otros volúmenes, las novelas Alto Hospicio, Pop, Namazu, Pinochet Boy y Ciudad berraca, además del libro de crónicas Tropitambo.

 

 

Rodrigo Ramos Bañados

 

 

Imagen destacada: Hernán Rivera Letelier.

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