Icono del sitio Cine y Literatura

A 30 años del asesinato de seis sacerdotes jesuitas en la UCA de El Salvador

Sirva pues esta conmemoración para no perder de vista que podemos repetir la historia de terror y de muerte, y si esto ocurre lo vamos a lamentar por muchos años. Una vez más, nuestras democracias son frágiles y requieren de la participación ciudadana para consolidarse y para desanimar cualquier proyecto de volver al pasado de represión en nuestro continente.

Por Sergio Inestrosa

Publicado el 18.11.2019

En estos momentos en que nuestra América se encuentra de nuevo tan convulsionada, quiero recordar el asesinato de seis sacerdotes jesuitas a manos de los militares salvadoreños el 16 de noviembre de 1989.

Uno de los sacerdotes asesinados, sin duda la figura más conocida de todos, era el rector de la Universidad Ignacio Ellacuria, quien por esos días estaba en España y se apresuró a regresar a El Salvador al enterarse de que los guerrilleros habían lanzado una ofensiva “final” para tratar de derrocar al gobierno en turno. La mentada ofensiva no tuvo el éxito militar esperado y la guerra entró en un impasse que terminó por obligar a las dos partes, con la intermediación del gobierno de México, a buscar una salida pacífica al conflicto que se cobró más de 75 mil vidas, entre ellas las de estos jesuitas y dos mujeres que esa noche, para su desgracia, buscaron refugio en la casa de los curas.

Recordar este suceso es importante, especialmente ahora que vemos las protestas masivas en Chile, la complicada situación de Bolivia, donde Evo Morales cometió un error de cálculo y perdió la popularidad que gozaba en sus primeros años de gobierno y fue, después de una elecciones muy discutidas, obligado a dimitir por la cúpula militar, luego de que un iluminado bajo el símbolo de la cruz encabezó las protestas callejeras; ahora no se sabe quién será en verdad el presidente interino mientras se convocan a nuevas elecciones (la congresista Jeanine Áñez fue investida finalmente con el cargo de Presidenta Interina).

Por supuesto no solo Bolivia y Chile están en crisis, también lo está Brasil con otro iluminado legítimamente electo, el Trump brasileño, Colombia sigue en convulsión, Ecuador apenas se recompone de las recientes protestas, en Venezuela llevan ya tiempos en tumulto; en Perú también se cuecen habas (como se dice en México), una nación donde la violencia no tiene fin y quién sabe cuál será la suerte del proceso electoral en Uruguay y veremos cómo el recién electo presidente de la Argentina comienza su mandato.

En fin, que nuestra época se parece, un poco al menos, a los años setentas y ochentas y los golpes de estado (en Honduras bajo el silencio de la administración Obama, hace unos años) han vuelto a aparecer, y los militares, que habían estado muy tranquilos atesorando dinero, puede que se envalentonen y decidan volver a su trágico protagonismo de antes.

Qué lecciones podemos sacar del asesinato de estos seis sacerdotes (conocí a tres de ellos personalmente y de dos fui muy amigo) ocurrida hace ya treinta años:

En primer lugar hay que entender que no todos los cristianos son iguales; hay de todo en la viña del señor, los hay quienes entregan la vida por otros y los hay aquellos que hacen de la religión un arma para imponer el terror y sacar ventaja del río revuelto.

La segunda lección es que estamos en camino de repetir los mismos errores y dando los mismos pasos y la historia de los años setentas y ochentas parece que va en camino de repetirse y ya conocemos los costos que tienen los gobiernos encabezados por iluminados civiles o peor aún por iluminados con uniforme; mucha sangre ha sido derramada ya en nuestro continente por gobiernos dictatoriales.

La tercera lección es que, en este momento el gobierno de los Estados Unidos va a auspiciar, o al menos permitir y aplaudir, estos cambios hacia la derecha y la cancelación de nuestros tímidos intentos democráticos que son una garantía para el respeto a los derechos humanos y el medio ambiente.

La cuarta lección es que quien tiene el poder de las armas tiene el poder real, eso se ve muy claro en el caso de Bolivia: fueron las Fuerzas Armadas quienes le pidieron al presidente Morales que renunciara (probablemente por el bien del país, para evitar un derramamiento de sangre inútil).

La quinta y última lección es que es la organización de la gente la que puede cambiar el rumbo de la historia, y en este sentido las protestas en Chile son esperanzadoras, pues parecen ser para profundizar el proceso democrático y no para desestabilizarlo en favor de un retorno a un gobierno represor o dictatorial.

Volviendo a la memoria de los sacerdotes jesuitas asesinados en El Salvador (dicho sea de paso, también fue asesinado el sacerdote jesuita Luis Espinal, en Bolivia el 21 de marzo de 1980, tres días antes de que fuera asesinado Monseñor Romero en El Salvador; y tres años antes, nuevamente en El Salvador había sido asesinado Rutilio Grande, asimismo miembro de la Compañía de Jesús, además de otros sacerdotes).

En América Latina sabemos de lo que son capaces los militares con tal de hacerse del poder y de mantenerlo; por ello mismo es preocupante la situación de Bolivia, que se parece al golpe de Estado de 1954 en Guatemala y que ha sido el tema de la más reciente novela Tiempos recios de Mario Vargas Llosa. Se parece, al menos, en el procedimiento de que fueron los militares los que le pidieron al presidente renunciar (de nuevo no ignoro la responsabilidad política de Evo en el asunto).

Sirva pues esta conmemoración de los 30 años de la muerte de estos seis sacerdotes para no perder de vista que podemos repetir la historia de terror y de muerte, y si esto ocurre lo vamos a lamentar por muchos años. Una vez más, nuestras democracias son frágiles y requieren de la participación ciudadana para consolidarse y para desanimar cualquier proyecto de volver al pasado de represión en nuestro continente.

 

Sergio Inestrosa (San Salvador, 1957) es escritor y profesor de español y de asuntos latinoamericanos en el Endicott College, Beverly, de Massachusetts, Estados Unidos, además de redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

Sergio Inestrosa

Crédito de la imagen destacada: Hemeroteca de Prensa Libre.
Salir de la versión móvil