[Crónica] «Segunda Odisea»: Sede de horizonte

El poeta alejandrino Konstantino Kavafis describe cómo Ulises sufre un mal de tedio en su reino, la forma en que le aburre la política y le agobia el amor y la fidelidad de su esposa, y la manera en que los días le pesan y debilitan su espíritu. De modo que decide fletar una nave, reunir una tripulación y lanzarse a una nueva singladura.

Por Luis Miguel Iruela Cuadrado

Publicado el 15.10.2026

Uno de los tópicos literarios más bellos es el del segundo viaje de Ulises porque enfrenta al lector con el problema de la libertad insaciable. El poeta alejandrino Konstantino Kavafis (1863-1933) elaboró una composición titulada Segunda Odisea, escrita en 1894, anterior a su famoso Ítaca, que no fue incluida en la compilación final de su obra.

En ella describe cómo Ulises sufre un mal de tedio en su reino, cómo le aburre la política y le agobia el amor y la fidelidad de su esposa, cómo los días le pesan y debilitan su espíritu. De modo que decide fletar una nave, reunir una tripulación y lanzarse a una nueva singladura. Para poderlo hacer, abdica en Telémaco y le cede el gobierno de la isla; se despide de la leal Penélope y le muestra todos los respetos a su anciano padre. Hasta dirige una mirada de afecto hacia su perro.

Con todo, el barco abandona las costas de Ítaca, deja el Mar Egeo y atraviesa el Mediterráneo hacia Iberia hasta llegar a las Columnas de Hércules desde donde se abre al mar del atardecer, atrapado por la nostalgia de los viajes. El poema señala que Ulises abandonaba las pesadas cadenas de las cosas conocidas y familiares. Y termina con estos dos versos:

Y su corazón aventurero
se alegraba fríamente, libre de amor.

Hacia el horizonte, donde el mar promete unirse al espacio celeste para no cumplir jamás su palabra y huir por la superficie de la esfera. Sed insaciable del Jardín de las Hespérides, sed occidental de la plena libertad.

 

La ética del viaje y de la lucha

En la Divina comedia, Dante sitúa un diálogo entre Ulises y Virgilio en el Infierno, Canto XXVI, en el que el héroe griego refiere esta su segunda travesía en busca del conocimiento de nuevas tierras y experiencias para morir en un naufragio desencadenado por una agresiva tempestad que aparece tras franquear las Puertas de Hércules a la vista de la montagna bruta. Un gran peñasco misterioso que hoy podríamos imaginar como el Peñón de Gibraltar.

Curiosamente esta enigmática presencia se muestra también en la forma de la esfinge de los hielos del final trunco de la Narración de Arthur Gordon Pym, única novela de Edgar Allan Poe, algunos siglos más tarde.

Otra importante versión de la segunda odisea se debe al poeta romántico inglés Tennyson, que presenta un Odiseo al alcance humano, de tal modo que prejuzga al hombre contemporáneo de la siguiente centuria. Un hombre que se siente incomprendido en su reino, con la aguda inquietud de estarse perdiendo la esencia de toda una vida cuando se encuentra en el friso de la vejez.

Esta insaciabilidad la desarrollará posteriormente Nikos Kazantzakis con uno de los poemas épicos más significativos de nuestro tiempo, su Odisea, de 33 mil 333 versos y espíritu totalizador y comprehensivo del momento actual de la historia.

Así, en el poema de Kazantzakis, Ulises sufre la acedia de Ítaca y parte hacia un destino ignoto. Llega a Creta y después atraviesa África, desde Egipto hasta la Antártida, donde muere. Lidera rebeliones contra tiranías, funda sociedades ideales, experimenta reveses y catástrofes, siempre en busca de la libertad total, en busca del sentido de la existencia humana a través de la ética del viaje y de la lucha.

La meta es la propia singladura en sí, conocer el espacio total, ya que como dice Dante el hombre «no fue hecho para vivir como bruto». Kazantzakis convierte la existencia en una ascética del movimiento o también en una mística inmanente, habida cuenta de que el animal humano está condenado a desear lo que la vida no puede darle.

En toda la composición pueden seguirse las huellas de Nietzsche, Bergson, Buda, Cristo y el Fausto, el que se salva por no haber cesado de buscar. La derrota marítima como infinita, el amor vivido sin ataduras y sin lugar de reposo. La libertad como desposesión.

De esta forma, en la tumba de este poeta, en la isla de Creta, figura un epitafio de tres líneas: «No espero nada. No temo nada. Soy libre». Así es el íntimo espíritu de la Segunda Odisea, el del hombre aceptando su destino con serenidad y sin rabia, lo que le otorga la condición de un héroe verdadero.

Como nota final curiosa, hay que señalar que la Odisea de Nikos Kazantzakis termina en la Antártida, de igual modo que la novela de Edgar Allan Poe. Y es que la literatura está hecha de túneles misteriosos comunicadores de paisajes muy lejanos. ¿O no?

 

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

Luis Miguel Iruela Cuadrado

 

 

Imagen destacada: Konstantino Kavafis.

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