El filme protagonizado por Ryan Gosling —todavía en la cartelera de las salas locales— resulta más interesante de lo que su premisa inicial podría sugerir. La película usa la aventura científica y el humor para tocar un núcleo sensible: el aislamiento, el miedo a la muerte, la necesidad de ser entendido por otro y la posibilidad de construir pertenencia en un lugar inesperado.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 14.6.2026
Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, 2026) dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, adapta la novela publicada en 2021 por Andy Weir, autor también de The Martian. La conexión entre ambas obras no es casual: Drew Goddard, quien ya había escrito el guion de la adaptación dirigida por Ridley Scott, regresa aquí para trasladar al cine otra historia marcada por la supervivencia, la ciencia y el ingenio humano frente a condiciones extremas fuera de la Tierra.
La película ha tenido una recepción comercial importante, algo esperable considerando su escala, su premisa de ciencia ficción y la presencia de Ryan Gosling como protagonista. La historia sigue a Ryland Grace, un profesor de colegio y biólogo molecular que despierta en una nave espacial, lejos de la Tierra, sin recordar con claridad cómo llegó a ese lugar.
Poco a poco, a través de recuerdos fragmentados, entendemos que forma parte de una misión desesperada: viajar hasta Tau Ceti para investigar por qué esa estrella parece ser la única que no ha sido afectada por los astrófagos, unos organismos que están consumiendo la energía del Sol y amenazan con llevar a la Tierra al colapso.
A primera vista, la película se sitúa dentro de un territorio reconocible para la ciencia ficción: una misión espacial, una amenaza planetaria, un hombre solo frente a la inmensidad del universo y una tarea científica de la que depende la supervivencia de la humanidad.
Durante buena parte del filme, Gosling sostiene la película casi en solitario, hablando con cámaras, reconstruyendo su memoria y enfrentándose al peso físico y emocional de una misión que parece no tener retorno. El viaje es demasiado largo, el combustible no alcanza para volver y la épica de salvar el mundo queda atravesada por un miedo más elemental: la posibilidad de morir completamente solo.
Subversión del viaje heroico
No obstante, nos enteramos que esa soledad no aparece únicamente en el espacio. Los recuerdos de Grace van revelando que, antes de la misión, tampoco tenía una vida esperándolo con demasiada fuerza en la Tierra. No hay una familia, una pareja o una comunidad de amigos que conviertan el regreso en una promesa emocional para el protagonista.
Además, Grace es enviado contra su voluntad porque sus conocimientos resultan indispensables, y esa imposición cambia el tono heroico de la historia. No estamos frente a un elegido que acepta su destino con grandeza, sino ante alguien común que fue arrancado de su vida para cumplir una misión suicida.
El giro más importante de la historia ocurre cuando Grace descubre otra nave en el mismo sistema. Es allí donde conoce a Rocky, un alienígena de apariencia rocosa y arácnida, sin rostro humano reconocible, con una corporalidad extraña y una forma de comunicación radicalmente distinta.
Con todo, el encuentro podría haberse construido desde el miedo a una amenaza o el misterio ante lo desconocido, como tantas veces ocurre en el cine de ciencia ficción. No obstante, la película prefiere seguir el camino de la curiosidad, el aprendizaje e incluso una ternura inesperada con momentos de comedia que alivian la tensión de la situación y hacen que el vínculo entre ambos crezca con una naturalidad muy efectiva.
Asimismo, la criatura se construye y desarrolla mucho más que un simple acompañante del protagonista, dado que tiene su propia historia, su propio planeta que salvar y una vida amorosa que lo espera en su hogar. Rocky se siente solo en su nave, debido a que todos los tripulantes que iban con él en la misión murieron y es el único sobreviviente.
Su aparición y desarrollo desplazan el centro del largometraje, ya que en este punto la misión deja de depender exclusivamente del ingenio o la valentía humana y empieza a construirse desde la colaboración entre dos formas de vida que comparten una misma urgencia: evitar la destrucción de sus mundos y salvarse de la soledad.
En este punto aparece una de las preguntas más interesantes del filme: qué significa ser valiente cuando no hay nadie esperándote de vuelta. Grace rechaza la misión porque teme morir solo en el espacio, y ese miedo tiene sentido precisamente porque su vida ya estaba marcada por una forma de aislamiento. Como es mencionado por un personaje en un flashback, la valentía aparece cuando hay otro por el cual vale la pena sacrificarse.
Por esta razón, la relación entre Grace y Rocky se convierte en el eje emocional de Proyecto fin del mundo. La espectacularidad de la premisa pasa a segundo plano cuando la película entiende que su fuerza está en esa amistad improbable entre humano y alienígena.
Grace encuentra en Rocky una razón para continuar, una compañía y también una forma distinta de pertenecer. La misión, que al comienzo parecía una condena, se transforma en una experiencia de encuentro.
Esta dimensión permite entender la película en diálogo con Donna Haraway, quien reconoce la ciencia ficción como una forma de imaginar mundos y tiempos posibles, donde humanos, especies, tecnologías y formas de vida se reconfiguran entre sí.
Algo de eso aparece en la relación entre Grace y Rocky: la salvación nace de una alianza inesperada con una forma de vida radicalmente distinta. El filme piensa el vínculo más allá de la especie, del lenguaje compartido y de la idea de que la Tierra debe ser siempre el centro de toda pertenencia.
Otra forma de pertenecer
Lo más interesante es que esa pregunta por lo humano aparece justamente a través de lo no humano. Rocky, con su cuerpo extraño y su sensibilidad propia, empuja a Grace a imaginar otra forma de comunidad y entabla un lazo que él no tenía en la Tierra.
Por tanto, no se trata solo de salvar un planeta ni de cumplir una misión científica. El protagonista comienza a encontrarse a sí mismo en un vínculo que no estaba previsto, con alguien que no pertenece a su mundo y que, sin embargo, termina siendo quien más lo ata a la vida.
El final refuerza esa idea, puesto que en el momento decisivo, Grace debe elegir entre intentar volver a la Tierra o arriesgarse para salvar a Rocky. Su decisión subvierte la lógica más clásica del relato espacial, donde el regreso al planeta de origen suele funcionar como recompensa o cierre natural del viaje.
Así, el protagonista elige a Rocky y de esta manera, elige el vínculo que encontró lejos de la Tierra, incluso si eso implica abandonar la posibilidad de volver a su propio mundo.
El epílogo convierte esa decisión en un cierre todavía más significativo. En las últimas escenas se muestra que Grace sobrevive y salva a Rocky, y este lo lleva a su planeta y lo observamos ejerciendo como profesor para los alienígenas, integrado a una comunidad que antes habría parecido imposible donde siente que pertenece.
La imagen tiene algo extraño y conmovedor: el hombre enviado a salvar la Tierra termina encontrando una vida fuera de ella. Sin duda, hay una restitución para el protagonista y un reencuentro con aquello que no tenía entre humanos, con los alienígenas.
Por lo anterior, Proyecto fin del mundo resulta más interesante de lo que su premisa inicial podría sugerir. La película usa la aventura científica y el humor para tocar un núcleo mucho más sensible: la soledad, el miedo a la muerte, la necesidad de ser entendido por otro y la posibilidad de construir pertenencia en un lugar inesperado.
Su optimismo puede parecer ingenuo por momentos, especialmente en la forma en que se imagina el contacto interespecie, pero funciona porque está sostenido por una intuición muy poderosa: quizás la humanidad necesita salir de sí misma para volver a encontrarse.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Proyecto fin del mundo (2026).


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