[Crítica] «Backrooms»: El horror del no-lugar

El filme del joven realizador estadounidense Kane Parsons aparece como una de las experiencias recientes más interesantes del terror digital: una obra audiovisual sobre el residuo como espectro del capitalismo e inspirada en el miedo intenso de lo paranormal.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 25.5.2026

Backrooms se ha instalado como una de las películas de terror más esperadas del año. Desde sus primeras imágenes y tráileres, A24 la ha presentado como una de sus apuestas más prometedoras.

Se trata de la ópera prima de Kane Parsons, un director muy joven que en 2022 creó una webserie adaptando el creepypasta de los backrooms y que ahora retoma ese universo para convertirlo en largometraje. La película, dirigida por el propio Parsons, tiene estreno fijado por A24 para el 28 de mayo de 2026.

¿Qué son, entonces, los backrooms? En su origen, corresponden a un concepto de horror nacido en internet: un laberinto aparentemente interminable de habitaciones, pasillos y entornos vacíos, asociado a la estética de los espacios liminales dentro de la cultura del horror en línea.

Con el tiempo, este imaginario se ha expandido hacia videos, videojuegos, zonas industriales, piscinas, oficinas o arquitecturas acuáticas, aunque su imagen fundacional proviene de una fotografía de una antigua tienda de muebles, tomada en 2002 y republicada en 4chan durante la década de 2010.

Este concepto traslada a la era digital un horror mucho más antiguo, que es el de los espacios impersonales, transitorios y deshabitados, cercanos a lo que Marc Augé llamó no-lugares.

Para Augé, estos espacios se asocian a la sobremodernidad, o al capitalismo tardío: lugares diseñados para circular, consumir, esperar, comprar, identificarse y ser procesado. No están hechos para ser habitados, sino para ser atravesados.

Los backrooms radicalizan esa idea al convertir el espacio funcional y anónimo del capitalismo, como oficinas, pasillos, salas vacías, tiendas y bodegas, en un laberinto infinito, sin tránsito real, sin comunidad, sin historia y sin salida.

Desde ahí, los backrooms dejan de ser simples espacios liminales y pasan a funcionar como no-lugares después del colapso de su función. Oficinas, tiendas y pasillos sobreviven como cáscaras sin uso, restos arquitectónicos de un capitalismo que ya no conduce a ninguna parte.

 

El trauma como arquitectura

La película articula principalmente dos historias. Su protagonista es Clark, un hombre que trabaja en un almacén de muebles y cuya vida parece estar en declive: su pareja lo ha echado de la casa, estudió arquitectura pero no ejerce, y ahora vive prácticamente dentro del mismo lugar donde trabaja. Al inicio lo vemos dormir en la tienda, como si el espacio laboral hubiera absorbido por completo su vida íntima.

En paralelo, Clark visita con frecuencia a Mary, su terapeuta, y a través de breves escenas conocemos algo de su pasado: una infancia marcada por una madre aparentemente enferma psiquiátrica, que la encerraba de manera paranoide cuando era niña.

Ambos personajes quedan conectados por la idea central del libro que Mary está escribiendo: aquello que no fue clausurado en la infancia se transforma en un espacio mental que retorna en la adultez como un loop. La película transforma en literal esa premisa psicológica, haciendo que el trauma deje de ser solo memoria y adquiera una presencia material.

El relato avanza cuando Clark, estando solo en la tienda, descubre que una de las paredes parece abrirse hacia un portal. Al cruzarlo, encuentra una réplica vacía, extraña y mucho más extensa del mismo espacio: una tienda deformada, amarillenta, laberíntica e inabarcable.

Él decide explorarla y construir un mapa, hasta entender que el lugar excede cualquier intento de orientación. Está lleno de residuos: muebles, ropa, objetos abandonados, incluso un árbol de Navidad. Esos restos inquietan, pero el verdadero horror está en las presencias no humanas que parecen habitar el lugar.

 

El laberinto del residuo

Cuando Clark le cuenta todo a Mary, ella interpreta la experiencia como una posible alucinación. Su desaparición la conduce a buscarlo en el almacén, donde termina encontrando el mismo portal y viviendo directamente la experiencia del backroom.

Desde ese momento, el filme desplaza su centro hacia un espacio inhumano, despoblado, lleno de restos y cargado de una amenaza que nunca se deja explicar del todo.

La fuerza del largometraje está precisamente en no sobreexplicar ese espacio. Su atmósfera ominosa y extraña se sostiene sin recurrir excesivamente a sustos evidentes ni a efectos innecesarios. Hay algo profundamente inquietante en ese lugar: parece vacío, pero no lo está; parece funcional, pero ya no sirve para nada; parece conocido, pero se ha vuelto imposible de habitar.

En ese sentido, Backrooms aparece como una de las experiencias recientes más interesantes del terror digital: una película sobre el residuo como espectro del capitalismo y sobre el horror de lo liminal.

Así, el no-lugar ya no es simplemente un espacio de paso, sino una trampa, el reverso infinito, abandonado y monstruoso de los espacios que el capitalismo produce para hacernos circular.

 

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: Backrooms (2026).

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