[Crítica] «Digger»: Que digan la verdad

Bajo la dirección del realizador mexicano Alejandro González Iñárritu, en este filme actor Tom Cruise se aleja del héroe tradicional, con el fin de encarnar al hombre más poderoso del planeta en un relato audiovisual tan ambicioso como impredecible.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 4.10.2026

Digger Rockwell tiene un gato que se niega a morir. O, mejor dicho, al que su dueño se niega a dejar morir. Veterinarios, médicos, exámenes diarios y todos los recursos que el dinero puede comprar han conseguido prolongar su vida hasta una edad absurda.

El animal se ve extraño, casi artificial, pero en Digger las cosas rara vez son exactamente lo que parecen. La nueva película de Alejandro G. Iñárritu comienza así, presentando a un hombre acostumbrado a que el dinero, la tecnología y el poder permitan extender incluso aquello que naturalmente debería terminar.

La ilusión dura poco. Desde una instalación en Groenlandia llevan tiempo intentando advertirle de una fisura en el hielo y de una peligrosa fuga de metano. Los correos se acumulan, las advertencias también, hasta que finalmente ocurre aquello que podía ocurrir: una explosión desencadena una catástrofe cuyas dimensiones pronto exceden cualquier posibilidad razonable de control.

A partir de ahí, Iñárritu construye una sátira deliberadamente grandilocuente sobre una realidad que, pese a lo exagerada que parece, es incómodamente reconocible.

Rockwell responde al desastre como sabe hacerlo. Cuando aparecen las preguntas sobre responsabilidades, prevención y consecuencias, él recuerda cuánto dinero se ha invertido, cuántos puestos de trabajo dependen de sus empresas y cuánto producen.

No niega necesariamente el daño: lo coloca en una balanza donde la producción y el crecimiento parecen adquirir un valor moral por sí mismos. Todavía intenta controlar los hechos, pero pronto descubrirá que hay algo bastante más fácil de controlar: la manera en que esos hechos son contados.

 

El hombre unidimensional

Tom Cruise encuentra en Rockwell un personaje que le permite alejarse bastante de aquello que ha venido haciendo durante los últimos años. Exagerado, carismático, irritante y seguro de sí mismo, aprovecha precisamente algunas de las características que durante décadas han definido su presencia cinematográfica.

Rockwell necesita dominar cualquier espacio en el que entra y Cruise sabe perfectamente cómo hacerlo.

Sin embargo, es John Goodman, como el presidente de Estados Unidos, quien se roba varios de los mejores momentos. Su composición del mandatario funciona tanto por el personaje como por el humor con que lo interpreta. Particularmente divertida es la conversación sobre un cáncer que el primer mandatario cree mantener en secreto, solo para descubrir que Rockwell ya está enterado.

La escena provoca risa, pero de paso establece con bastante claridad la relación entre ambos: quien formalmente ocupa la posición de mayor poder político descubre que el empresario maneja información que él creía privada.

Riz Ahmed ocupa un lugar diferente. Su personaje trabaja dentro de la estructura de Rockwell, pero observa los acontecimientos desde una perspectiva mucho más cercana a la del espectador. Frente a una élite que convierte inmediatamente la catástrofe en cifras, influencia y disputas de poder, él conserva el sentido común de un ciudadano corriente. Por eso será tan importante cuando Digger descubra que también puede servirse de él.

Los intentos por detener el desastre fracasan. Incluso la espectacular idea de bombardear el gigantesco bloque de hielo termina demostrando su inutilidad. Rockwell queda entonces acorralado y debe comparecer ante una instancia internacional para responder por la catástrofe. Después de darle vueltas al problema encuentra finalmente una salida. Le pide a Ahmed que hable. Que diga todo lo que quiera decir. Que diga la verdad.

Ahmed lo mira con desconfianza, pero eso es exactamente lo que hace.

Y Digger toma el control del relato.

No necesita desmentirlo ni obligarlo a mentir. Escucha esa verdad y se apropia de ella para cambiar su propia posición: de responsable de una catástrofe pasa a presentarse como alguien indispensable para enfrentarla. Su talento no consiste necesariamente en solucionar el desastre, sino en conseguir que incluso el desastre pueda ser utilizado a su favor.

La operación recuerda a Herbert Marcuse y la capacidad de las sociedades industriales avanzadas, descrita en El hombre unidimensional, para absorber incluso aquello que las cuestiona. Digger no necesita silenciar a Ahmed: puede incorporar su verdad. La crítica, una vez apropiada, deja de amenazarlo y comienza a servirle.

Algo de esa capacidad de absorción aparece también en la hermana de Digger. Sus empresas representan una versión aparentemente más consciente y socialmente responsable del mismo mundo empresarial, pero esa diferencia nunca llega a constituir una verdadera ruptura. La catástrofe ecológica tampoco parece conmoverla demasiado. Las disputas entre ambos continúan girando alrededor de quién tiene más, quién es más importante o quién consigue mayor reconocimiento. Son formas distintas de habitar un mismo privilegio.

Por eso Digger prácticamente no cambia. Una película más convencional podría haber construido un arco de caída, arrepentimiento o aprendizaje. Aquí cambia el mundo mientras Rockwell permanece esencialmente igual. Lo que cambia es su estrategia. Su poder consiste precisamente en adaptarse a cualquier circunstancia y conseguir que las nuevas condiciones vuelvan a favorecerlo.

Con todo, Digger no se conforma con convertir esa idea en el contenido de su sátira. También comienza a poner en duda la forma en que nos la está contando.

Lo que durante largos pasajes hemos aceptado como realidad pertenece también a una representación teatral. El artificio había estado ahí desde antes, aunque no siempre fuera evidente. En uno de los momentos más logrados, basta un cambio de encuadre para que lo que parecía un barco perfectamente verosímil revele su condición de atrezo.

No cambió el objeto. Cambió el lugar desde donde lo estábamos mirando.

 

Pretenciosa, excesiva y consciente

Cruise tampoco es únicamente Digger Rockwell. Es un actor que lo interpreta y que discute con la directora de la obra porque considera que está simplificando los acontecimientos y caricaturizando al hombre real. Algunas reuniones no ocurrieron de esa manera. Rockwell no estaba donde la representación lo coloca. El viaje en avión junto al presidente, durante el intento de destruir el bloque de hielo, tampoco sucedió así.

La película introduce entonces una pregunta bastante más interesante que la mera revelación de que aquello que vemos es una representación: ¿qué significa contar verdaderamente una historia?

El personaje de Jesse Plemons complica aún más la respuesta. Como sobrino de Rockwell, conoció al hombre que la obra intenta reconstruir y, pese a las libertades que se ha tomado la representación, felicita al actor: ha comprendido la esencia de su tío. La exactitud de los acontecimientos y la verdad de un personaje dejan de ser necesariamente la misma cosa.

Ahí la idea de tomar el control del relato adquiere una segunda dimensión. Rockwell había sobrevivido apropiándose de la narración de la catástrofe. Años después, otros se apropian de la narración de Rockwell. Seleccionan, condensan, modifican y representan su historia para intentar encontrar en ella alguna verdad. La película de Iñárritu contiene ambas operaciones y, al mismo tiempo, nos permite ver sus costuras.

Quizás por eso su grandilocuencia funciona mejor de lo que podría esperarse. Digger es pretenciosa, excesiva y plenamente consciente de serlo. La fotografía de Emmanuel Lubezki y el uso del VistaVision le entregan una dimensión visual enorme a una historia que necesita convencernos de su mundo antes de mostrarnos el artificio con el que fue construido. Sin esa espectacularidad, probablemente buena parte del juego perdería eficacia.

También por eso importa poco que el giro pueda anticiparse. La película no depende de sorprendernos con la revelación de que estamos ante una obra. Lo importante es que, una vez expuesto el artificio, aquello que hemos visto no pierde necesariamente su verdad.

Al final se puede discutir cuánto ocurrió realmente como nos fue mostrado, cuánto fue condensado, cuánto exagerado y cuánto directamente inventado. Puede discutirse incluso si la representación ha sido justa con Rockwell. Pero cuando la obra termina y la mirada finalmente sale del teatro, la contaminación y la crisis climática continúan afuera.

Los relatos pueden cambiar. La realidad que los produjo permanece.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Digger (2026).

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