Para el pensador bielorruso el ingenio procede de la experiencia o lo que es lo mismo: afirma que la creación es la consecuencia de un aprendizaje vital. Y es exactamente así en todo cuanto se refiere a autenticidad en la manifestación de los logros ideados.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 6.10.2026
Lev Vigotsky (1896 – 1934) fue uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX. Su área de intereses fue enorme, desde el arte hasta el estudio de las funciones nerviosas superiores como el pensamiento abstracto, la memoria, el lenguaje y la función de simbolizar, y de igual modo la defectología y el funcionamiento cerebral en suma, analizado con herramientas puramente psicológicas. Todo ello dentro de los límites del materialismo dialéctico.
Hacia los años 20 y 30, se concebía la psicología según una orientación fisiológica y material por un lado y según un enfoque fenomenólogico y espititual por el otro. Vigotsky abordó los problemas de la conducta humana con elementos psicológicos basales para construir de este modo una ciencia independiente de la influencia de los dos grandes campos referidos y expuesta con terminología propia. Su obra perdura y crece en prestigio en la actualidad.
Comenzó su curiosidad investigadora con el interés por el arte y la literatura. De época temprana es un estudio publicado sobre Hamlet. En 1930, se aplicó a examinar el desarrollo natural del dibujo en el niño. De ese año es su interesante librito La imaginación y el arte en la infancia, editado en España por Akal desde 1986 con una frecuencia casi anual.
Para Vigotski, la imaginación procede de la experiencia o lo que es lo mismo: afirma que la creación es la consecuencia de un aprendizaje vital. Y es exactamente así en todo cuanto se refiere a autenticidad en la manifestación de los logros imaginativos.
Sin experiencia solo hay vacío y artificio. Para ello, es imprescindible el medio social, cultural e histórico. La llamada sociogénesis. El ser humano solo alcanza su pleno desarrollo en comunidad, superando el solipsismo de sus primeros estadios evolutivos. Solo de esta manera su vida alcanza una dirección y un sentido.
La atracción de la palabra
El medio de comunicación primordial del niño pequeño es el dibujo. Tiene que encontrarse muy perturbado para negarse a dibujar. En sus primeras obras, pinta aquello que ve, con una gran predilección por la figura humana, de una manera subjetiva, directa y sintética. Son famosas esas representaciones escuetas, llamadas «cabeza-pies», en las que se muestra una persona con solo el rostro unido a unas piernas.
Lo que ha hecho el joven artista es dar testimonio de lo importante para él al designar esa persona, es decir, lo que la caracteriza, lo que ve en ella. Un bonito ejemplo de la función de simbolizar como cuando se utilizan grafías del estilo de las letras o los ideogramas.
Andando el tiempo va enriqueciendo el niño sus dibujos con detalles observados de la realidad: vestidos, aditamentos, peinados, bigotes, etcétera, acercándose cada vez más al mundo común compartido.
Pero al llegar el despertar sexual en la adolescencia con el deslumbramiento del «yo», desaparece el interés por el dibujo que es sustituido por la atracción de la palabra. Surgen poemas, confidencias, sentimientos expresados en un lenguaje vehemente, lírico y apasionado. La imagen se ve reemplazada por lo semántico y lo literario como si la potencia significante de estos fuera muy superior a la del diseño.
Los dibujantes se convierten en poetas, y solo aquellos dotados para la figuración persisten en la pintura en combinación práctica con las letras. Será que la maduración nos transforma en seres hablantes con capacidad de manifestar belleza y pensamiento de forma simbólica especial.
Aunque no hay que dejar de pensar, por ello, en la consecuencia evolutiva de un destino biológico que nos lleva a preguntarnos si existe el tal destino e intentar la averiguación de la naturaleza del mismo.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Imagen destacada: Lev Semyonovich Vygotsky y su hija.

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