Rachel Cooper parece aceptar que la dificultad de alfabetización de muchos niños sordos de nacimiento se debe, en parte, a la complejidad estructural de las lenguas de signos, aunque los hechos apuntan más bien a factores educativos, sociales y de acceso temprano a una lengua completa.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 10.6.2026
Con el casi provocativo título Can It Be a Good Thing to Be Deaf? publicó en el Journal of Medicine and Philosophie 32:6, 563-583, Rachel Cooper, de la Universidad de Leicester (Reino Unido), un artículo que invita a la reflexión sobre una condición tan poco y mal meditada como la sordera.
Aunque a primera vista parece una pregunta filosófica de tono general, en realidad es una interrogación dirigida a la Comunidad Sorda y su actitud activista que desafía el frecuente rechazo de la hipoacusia de nacimiento en la sociedad como un estigma y una postergación.
La visión de un déficit biológico siempre es considerada como negativa en la vida laboral y comunitaria. No es extraño, entonces, que los miembros de la Comunidad estimen que solo ellos pueden entender verdaderamente lo que significa no poder oír desde la infancia. Cualquiera resulta capaz de comprender dicha estimación al contemplar el rostro expectante de un bebé sordo.
Así, la autora, tras examinar muchos aspectos, concluye que para algunas personas puede constituir un beneficio, mientras que para otras sería una desventaja, dependiendo de las circunstancias y el carácter de cada cual. En el fondo a lo que alude es a un balance razonable de ventajas y de costes. Pero no es esto lo más interesante del artículo.
Uno de los asuntos que sí lo es viene representado por el lenguaje de signos, la vía regia de comunicación del acúsico y la llave de su libertad. En la película El milagro de Ana Sullivan (1962), de Arthur Penn, construida sobre las memorias de Helen Keller, hay un momento glorioso en el que la niña sordomuda y ciega comprende el significado de la palabra y signo «agua» al contacto con el líquido elemento.
Helen Keller consiguió doctorarse en psicología y pasó gran parte de su vida en comunicación frecuente de sus experiencias con otras personas.
La complejidad estructural de las lenguas de signos
Rachel Cooper cuestiona la afirmación —común en la lingüística moderna— de que todas las lenguas son igualmente capaces de expresar cualquier idea. Critica a Oliver Saks por aseverar que en el conjunto, los lenguajes tienen el mismo rango de posibilidad.
Dicha crítica es válida en tanto en cuanto implica que la igualdad lingüística no supone semejanza cultural y funcional en todos los contextos. Sin embargo, no aporta pruebas que demuestren que las lenguas de signos poseen un menor potencial expresivo.
Los trabajos contemporáneos desde William Stokoe, como pionero estudioso de la estructura de las mismas, hasta Klima & Bellugi o Sandler & Lillo-Martin han mostrado como las lenguas de signos poseen gramáticas complejas, mecanismos de abstracción para tratar de filosofía, ciencias o matemáticas, así como recursos poéticos propios.
Rachel Cooper parece aceptar que la dificultad de alfabetización de muchos niños sordos de nación se debe, en parte, a la complejidad estructural de las lenguas de signos, aunque los hechos apuntan más bien a factores educativos, sociales y de acceso temprano a una lengua completa.
El criterio de «bien» utilizado por ella es el del «sentido común» sobre lo que es bueno y malo: tener amigos, sentir placer, evitar el dolor, en el primer caso. Pero falta una visión más amplia como la de atender al bienestar subjetivo, al objetivo y a las preferencias adaptativas.
Otro argumento que emplea para valorar si la sordez es algo bueno es el de los qualia, o sea, el relativo a la cualidad de las impresiones en la conciencia de cada individuo.
Se cita con frecuencia para aclarar el concepto que no todas las personas perciben el color rojo, por ejemplo, de la misma manera y matiz, así el aspecto de la «rojez» es perfectamente individual y distinto en cada caso. Considerando la cuestión de la hipoacusia, piensa Cooper que la ausencia de qualia ruidosos, desagradables o molestos resulta un bien en definitiva para la persona teniente.
A las claras está que representa una argumentación muy pobre, pues la tesitura existencial del sordo consiste en que pasa muchas horas oyéndose exclusivamente a sí mismo, y esto, a determinadas edades, conlleva una terrible soledad y un alejamiento de los demás no exento de dolor y suspicacia.
Para ilustrar esta condición, dejo estos versos recogidos en un poema de mi libro A flor de agua en el que se describe el problema por medio de una sinestesia que enlaza lo visible con la audición:
La anciana sorda mira una joya
Día a día
Se escucha a sí misma
En constante silencio.
Con la pura intuición
Mira un broche
Que ha gastado su brillo.
Y ante el débil reflejo,
Lamenta: ¿cómo puede
Apagarse un diamante
Si del sol nadie duda?
***
Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.


Imagen destacada: El milagro de Ana Sullivan (1962).


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