Con las brillantes actuaciones de María Canale, Martina Juncadella, Ailin Salas y Julián Tello, la recordada ópera prima de la realizadora argentina Milagros Mumenthaler —ganadora del premio a la Mejor Película en el Festival de Locarno 2011— es casi una alegoría de la existencia, en donde todo el tiempo estamos entrando y saliendo de lugares, porque es el movimiento y no la quietud, el equivalente al acto de respirar.
Por Micaela Cristoforo
Publicado el 21.7.2026
En un Buenos Aires caluroso, tres hermanas deben convivir afrontando la muerte de su abuela Alicia, quien las crió. Solas en la casa, Marina, Sofía y Violeta hacen uso de los espacios como formas de representar su ausencia. Cuartos y objetos que estaban prohibidos se tornan accesibles. Emociones y pensamientos desconocidos, toman cuerpo.
A su vez, cada una habita un lugar y un rol: Marina va a la facultad y se encarga no solo de la casa sino también de confirmar la muerte de Alicia a quienes no lo saben.
Sofía, es la acaparadora. Con su mirada cínica y maliciosa, siempre está metida en el medio, escabulléndose o escondiendo. Recurre al garaje donde hay objetos de sus papás, tratando de sacar ventaja de algo. También va a la facultad, espera que las hermanas le hagan los trabajos y los profesores la aprueben por su vestimenta provocativa.
Por último, Violeta. Es la hermana menor, se la pasa semidesnuda tirada de la cama al sillón con un aire de agotamiento y parece no importarle mucho nada. Recurre al cuarto antes restringido ahora habilitado de su abuela muerta. Usa su cama con sistema de masaje vibratorio, revisa los cajones y se prueba un corset que luego viste para usar con su amado del cual nadie sabe, ni siquiera Marina. A veces, habitar el espacio de la ausencia es una forma de duelarla. De hacerla presente. Donde estuvo y ahora no está, se está.
Las dinámicas de poder entre las tres varían. Marina es la hermana mayor y tal vez la razón por la cual considera que debe hacerse cargo de la casa. Sofía se interpone en esto, piensa que de alguna forma va a quedarse con todo. Entre ellas las tensiones como miradas silenciosamente asesinas abundan.
Violeta y Marina parecen llevarse mejor, aliadas por momentos con sutiles gestos de cariño pero con los típicos desencuentros que surgen entre hermanas.
Sofía intenta desplazar a Marina, convencer a Violeta inútilmente que es adoptada. Las tres se esconden secretos, objetos, se dicen cosas hirientes, no se atienden el teléfono cuando llaman, se sacan ropa. Nada que ninguna hermana no haga.
El desfallecimiento de un hogar
La escena surrealista por excelencia es cuando a Marina se le aparece su abuela en la cocina una noche mientras estudia. Si bien no parecería ser un flashback, supone un quiebre del mundo narrativo ya que introduce algo del orden de lo fantástico sin por ello pertenecer al género.
Ante la reciente pérdida, algunas personas creen oír e incluso ver a quienes ya no están. Una forma de desmentir la inexistencia del ser amado ya que asimilarlo supone un proceso no inmediato y doloroso. Entonces, la muerte se presenta como un irreal donde no solo desencadena el extrañamiento del mundo, sino también del propio yo.
La primera vez que vemos al vecino, Francisco, es desde la ventana y es Marina quien lo mira. En su mirada algo le interesa, algo busca. Espía dentro de su casa, por la puerta o por la ventana. No aparta la mirada. Todas las hermanas lo observan con curiosidad.
Él se presenta como una ayuda para ellas, las lleva al centro en el auto, les arregla alguna que otra cosa. Sofía por momentos parece interesada, lo que inquieta a Marina. Intenta persuadir a Francisco sobre la supuesta diferencia de Marina respecto a ellas pero él no cede a su planteamiento. Marina escucha esto.
El punto de inflexión surge la noche en que Violeta desaparece repentinamente. Marina y Sofía escuchan su mensaje de voz y luego, leen la carta. Se había tomado un avión con su novio. Las hermanas deben afrontar otra pérdida más.
La casa ahora está más vacía, los espacios más desocupados. Ante este suceso, ambas se comportan de manera diferente: mientras que Sofía va al cuarto de su abuela, se prueba el corset y llora, Marina se baja una botella de whisky y queda inconsciente en el jardín.
Lo íntimo es nuestra única certeza
Una de las pocas escenas donde podría pensarse que hay unión entre las hermanas es cuando escuchan juntas la canción que pone Sofía, Back to stay de Bridget st John. No es casualidad que el título de la película en inglés sea este.
La conmoción se ve en las lágrimas de Violeta, en cómo cantan juntas Marina y Sofía. Tal vez por lo que dice la letra, tal vez le gustaba a su abuela o les recuerda a ella. Hay un paralelismo con la escena final, donde Marina, Sofía y Francisco se sientan a escuchar un tema que Violeta les manda cantando.
El tiempo avanza y es invierno. El desfallecimiento es inevitable. Sofía empieza a vender cosas de la casa sin que se entere Marina. Primero objetos de su cuarto, luego del garaje. Arranca el papel de las paredes, saca muebles. Busca plata a toda costa, incluso le pide a Violeta.
Marina abre el portón del garaje y ve que no hay nada. Va hacia Sofía y la enfrenta sobre el dinero y su supuesta adopción. Se posiciona arriba de ella violentamente, tomando lugar como poder. Le rompe el celular a martillazos y lo revolea rompiendo el vidrio de una puerta.
Sofía se queda llorando en el sillón y Marina tiene un encuentro sexual con Francisco. Hay una transformación en cuanto a los personajes como en su relación, donde Marina pone un límite irreversible y Sofía queda disminuida.
Durante toda la película se abren puertas y ventanas. No porque sí. Todo tiene un sentido en el cine. No es casualidad que el primer frame que vemos es una entrada con una puerta cercada, la cual es abierta por alguien. Las puertas y ventanas son objetos que nos posibilitan entrar o salir de lugares, ver o también dejar de hacerlo. Abrir o cerrar. Salir o esconderse. Son los ojos de las hermanas quienes miran a través de las ventanas, quienes son miradas entre ellas o Francisco.
Cierran las puertas y ventanas por el calor, a veces a portazos, con llave, intentan abrirlas y por qué no, romper una puerta de vidrio con un martillo. El espacio de uno es un mundo privado con acceso restringido, limitado solo a unos pocos.
Así, con escaso sonido extradiegético y predominancia diegética, la intimidad como los silencios —tan necesarios— son representativos y recurrentes siendo propios del cine argentino. Ante la excesiva musicalización de algunas industrias reconocidas, el silencio se presenta como un recurso: algo real y orgánicamente genuino generando un efecto de cercanía. Los ambientes, al principio, están cargados de objetos en su mayoría ajenos a ellas. Porque no les pertenecen en realidad.
Entonces, la presencia de objetos no significa falta de ausencia. Con predominancia de luz natural, los espacios generan cierta intimidad como frialdad. Por momentos, la calidez se hace presente. Las actuaciones oscilan entre contenidas y expresivas. Predominan diálogos con una característica frecuente en el audiovisual nacional donde parecen escuetos pero con una naturalidad verosímil que acerca al espectador.
La proxemia varía en cuanto a los vínculos entre los personajes. La cercanía o lejanía supondría afinidad o no. También, en casos de unidad o enfrentamientos. No están tan juntos personajes que no tienen una relación cercana pero a veces, lo que los unía y ya no está, puede ser una forma de acercarlos.
«Milagros Mumenthaler dice que lo íntimo es nuestra única certeza. Lo dice explicando las motivaciones que la llevaron a su debut en largo, Abrir puertas y ventanas, pero además eso es lo que filma: huecos y distancias y silencios que responden a una motivación que sólo puede ser íntima», explica el crítico y periodista, Marcelo Panozzo.
Con las brillantes actuaciones de María Canale, Martina Juncadella, Ailin Salas y Julián Tello, Abrir puertas y ventanas es casi una metáfora de la vida misma, en donde todo el tiempo estamos entrando y saliendo de lugares, porque es el movimiento y no la quietud, el equivalente a la existencia.
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Micaela Cristoforo es licenciada en psicóloga egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y estudiante de Artes de la escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA).
Su enfoque abarca las terapias basadas en evidencias siendo la terapia cognitivo conductual y la investigación sus áreas de interés. Escribe sobre psicología, ficción, análisis de cine y fenómenos que considera poco estudiados.

Tráiler:

Imagen destacada: Abrir puertas y ventanas (2011).

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