[Estreno] «Lo and Behold: el inicio de Internet»: El juicio de Werner Herzog al simulacro de la web

El largometraje documental del realizador alemán —basado en el impacto de la tecnología virtual y digital sobre la vida cotidiana de la humanidad— es el nuevo estreno de la cartelera vía streaming de la plataforma de centroartealameda.tv, y el cual se encuentra disponible para ser visionado desde este jueves 5 de noviembre.

Por Aníbal Ricci Anduaga

Publicado el 5.11.2020

Fitzcarraldo, Aguirre, la ira de Dios, Cobra verde, películas que muestran a un ser humano fuera de control, personalidades que sólo entendió Klaus Kinski, alter ego de Werner Herzog, este último una mente desmesurada como sus personajes, pero tan inquieta, que ha encontrado en los documentales, una manera de expandir sus conocimientos.

Herzog no es un «buen salvaje», posee una fuerza primitiva, pero no le venden el cuento de que los seres humanos somos pacíficos y tranquilos, más bien entiende que seamos codiciosos y violentos. En También los enanos empezaron pequeños, Herzog mostró esa oscuridad que llevamos dentro, nuestro afán de conquista y de dominio, de abrazar sin mucha dificultad el caos más absoluto.

Werner Herzog no utiliza las redes sociales, prefiere la mesa del comedor como tal, donde comparte con su esposa y un máximo de cuatro invitados. Prefiere ser cauto, porque considera a los computadores e Internet el principal enemigo del «pensamiento analítico profundo». Herzog es muy activo, se interesa por variadísimos temas en torno al ser humano, pero nunca aparecerá como un fanático que incite a no vacunar a los hijos.

Debido a su capacidad analítica y a ubicarse bastante afuera del espectro de Internet, sus opiniones son valiosas, no porque sea tan inteligente, sino porque conoce las preguntas e intuye bien a quien preguntar.

Lo and Behold: el inicio de Internet (Lo and Behold: Reveries of the Connected World, 2016) es la búsqueda de interrogantes en torno a la web, las respuestas lo tienen sin cuidado. Dirige su mirada a un espectador avezado, el fanático o prejuicioso encallará en las diez secciones del documental, lo encontrará caótico, cuando su objetivo evidente es prepararnos para un futuro tecnologizado.

«La información que los niños aprenden en la escuela ya está en Internet», por lo que debemos cultivar nuestro raciocinio. A Internet no le importa si eres un perro o un robot, simplemente despliega posibilidades y sobre todo datos; la información surge a partir de una mente educada que se relaciona con esas posibilidades. Quien ha experimentado el mundo real o ha leído muchos libros, aprovecha de gran manera lo que ofrece la red, sabe dónde encontrar lo valioso y cuándo descartar la basura.

Internet se propaga «fuera de control», lo importante es que el usuario diseñe «filtros» (eso no lo provee Internet) para interactuar equilibradamente con la tecnología. Instalar Internet en Marte no representa un gran desafío, bastarían sólo cuatro satélites para conectar con la Tierra. Un ser humano sin filtro será más eficiente para destruir el planeta, que para lograr concebir un nuevo mundo en el espacio exterior.

Los entrevistados de Herzog piensan que «Internet ya sueña consigo misma», ocasiona eventos impredecibles que se ocultan dentro de la propia red. Estamos en pañales, en una época de crecimiento, nos queda mucho por avanzar en lo moral y cultural, ni hablar de las leyes.

Werner Herzog cree que la Internet de las cosas va a hacer invisible la tecnología, con una interfaz tan sencilla como la de la electricidad. El cerebro humano posee un «lenguaje universal» (un alfabeto) que es independiente del idioma. Lo demuestran las resonancias magnéticas del cerebro, a futuro podríamos incluso twittear los pensamientos humanos.

Ese es el futuro que descubre Herzog, uno de mundos infinitos abordados mediante la tecnología, pero con la salvedad de que deben ser explorados por mentes eternas, transcendentes.

La tecnología acercará las distancias, pero por ningún motivo debe contaminar nuestras mentes. Nos haría pedazos, dejándonos atrapados en el infinito mundo del conocimiento, vagando por la banda ancha y olvidándonos del libre albedrío que nos distingue de las máquinas.

Las decisiones serían tomadas por algoritmos. El aprendizaje, nuestros gustos, son los factores que nos diferencian. Si no cultivamos decisiones propias, seremos incapaces de encontrar un propósito vital, seremos infelices.

Las secciones más áridas del documental dicen relación con el bullying digital. «No hay dignidad ni respeto en Internet», nadie se hace responsable por lo que ocurre en su interior. El hombre va muy atrasado persiguiendo a la tecnología, obviamente es un problema que el protocolo de Internet pueda ser anónimo, pero al contrario, quedar completamente individualizados, nos dejaría de manos atadas frente a los gobiernos.

«Vivía más tiempo conectado a videojuegos que en la vida real», confiesa un individuo desde un centro de rehabilitación a la adicción de Internet. Obviamente, eso es un peligro. Mentes patológicas o esquizoides son caldo de cultivo para perderse en la red.

Imaginemos el poder adictivo de la pornografía que ofrece satisfacción instantánea, sin seducción ni posibilidad de rechazo, simplemente se accede a un presente distorsionado, donde el tiempo deja de transcurrir y se escapan nuestros sueños.

El filme de no ficción se encuentra en la cartelera de la plataforma vía streaming de centroartealameda.tv desde este jueves 5 de noviembre.

 

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Aníbal Ricci Anduaga (Santiago, 1968) es ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica de Chile y magíster en gestión cultural de la Universidad ARCIS, y como escritor ha publicado las novelas FearEl rincón más lejano, Tan lejos. Tan cerca, El pasado nunca termina de ocurrir, y las nouvelles Siempre me roban el reloj, El martirio de los días y las noches, además de los volúmenes de cuentos Sin besos en la bocaMeditaciones de los jueves (relatos y ensayos) y Reflexiones de la imagen (cine).

 

 

 

Tráiler:

 

 

Aníbal Ricci Anduaga

 

 

Imagen destacada: Werner Herzog.