[Ensayo] «Trilogía de la pasión»: Emancipar la mirada y nombrar lo indecible

La narradora argentina Ariana Harwicz, a través de estas tres novelas, es capaz de lograr algo al alcance de pocos escritores: componer un estilo peculiar, fulminante, reconocible, al concebir una especie de diálogo rioplatense con fulgores y cuchilladas dramáticas incontestables.

Por Alfonso Matus Santa Cruz

Publicado el 5.4.2023

La escritura comienza como un alumbramiento en la oscuridad, un rumiar lo que se opone a la realidad. Tajo a tajo el verbo se hace paso para nombrar lo que elude la convención, lo que duele e incómoda como si el placer de la lectura conllevara saborear brasas ardiendo en la lengua.

Así, la mirada lee y la escritura compone una óptica antes impensada, violenta y radiante. Esa es la sensación que brota al enfrentarse con la lectura de las novelas de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977).

Los tres libros de la escritora argentina —Mátate, amor, La débil mental y Precoz— afincada en un campo de Francia hace más de una década, publicados entre 2012 y 2015, llegaron como un sacudón telúrico al ecosistema literario, rompiendo los moldes del mercado con una oscuridad salvaje y una pluma afilada, deslumbrante.

Sin ir más lejos, la llamada Trilogía de la pasión, ahora es reunida en un volumen publicado por Anagrama.

 

El amor y la violencia se tocan las narices

Desde el primer párrafo de la primera novela nos queda claro que para sobrevivir debemos afirmar el estómago, calibrar el intelecto y no dejar pasar la belleza fulminante de frases breves como fogonazos o bengalas en la oscuridad de un descampado. Señales de vida en la oscuridad. O, ¿señales de muerte donde se nos quiere vender vida artificial?

Los dialectos de la pasión y la trama de anomalías cotidianas que irrumpen en las relaciones familiares, estirando los filamentos de los vínculos hasta puntos insostenibles, abren surcos en esta narrativa de bosquejos, escenas, pedazos de maternidad, un matrimonio en demolición, la relación de una madre y su hija y un hijo y su madre.

Todos orbitando una caja de pandora oculta en algún lugar de casas viejas, una caja donde habitan los monstruos del deseo y la destrucción de los órdenes impuestos.

La madre que apenas soporta a su hijo lloriqueando por las noches, que agarra la escopeta para acabar con el sufrimiento del perro, que se escabulle de la casa para ir a ver a otro hombre mientras el marido no se hace cargo de sus deseos. La dulzura breve, asediada de pronto por exabruptos que eluden toda racionalidad. El amor y la violencia se tocan las narices.

También, la otra madre y su hija que están a la deriva en la modernidad, con múltiples cuentas impagas, unas ganas enormes de dar rienda suelta al deseo que provoca un hombre, el trabajo como impuesto al tiempo de vida. Las derivas mentales, la eclosión de delirios y las llamadas telefónicas que no sirven para mitigar las ganas de follar o de huir a cualquier lugar.

Y la última madre con su hijo en una casa descompuesta a los lindes de un viñedo; polvo y recetas médicas por las mesas, casi nada de comer y el asedio de la asistenta social. La vida en los márgenes, la desnudez y la probabilidad del incesto.

Todo menos una madre ejemplar. Todo menos la banalidad, la convención patas para fuera. Los diálogos fluidos y de pronto el cortocircuito, el iceberg de lo que no se dice y que asoma en los gestos, en las resignaciones de cada día.

Harwicz, a través de estas novelas, es capaz de lograr algo al alcance de pocos escritores: componer un estilo peculiar, fulminante, reconocible. Cogiendo la posta de escritores que también narraron la familia y la feminidad a contracorriente, como Manuel Puig y Virginia Woolf, respectivamente. Concibiendo una especie de diálogo rioplatense con fulgores y cuchilladas incontestables.

La violencia de la creación en busca de emancipar la mirada que se posa en esta época de contrastes bullentes. Escritura a la contra de la modernidad, a favor de la singularidad. Música incómoda y hermosa, casi como si escribiera con un piano en llamas en una casa vieja del campo francés.

 

 

 

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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.

Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Trilogía de la pasión», de Ariana Harwicz (Editorial Anagrama, 2022)

 

 

 

Alfonso Matus Santa Cruz

 

 

Imagen destacada: Ariana Harwicz.