[Crónica] «Síndromes alucinantes»: Una pasión por la escritura

El discurso de estos cuentos del narrador chileno Juan Mihovilovich es valiente, desenfadado y rebelde, al modo de la díscola antipsiquiatría del doctor Armando Roa, en un crisol estético donde su autor prosigue en fustigar y en exponer aquello que en la interioridad de los lectores se quisiera mantener como un secreto, aunque se viva acosado en la desesperación.

Por Gustavo Boldrini

Publicado el 13.5.2026

Desde su título el nuevo libro de Juan Mihovilovich Hernández (1951) nos anuncia una inmersión en planos de conciencia que pareciera nada tienen que ver con nosotros, los lectores. Que serían un argumento más; que fueron escritos para otros, se piensa. Se llama Síndromes alucinantes.

Es que, desde esa precisión alarmante, tal título surge como la señal de algo muy lejano, impropio y sobre todo complejo, desde términos que no se entienden de inmediato a la luz de un vocabulario básico, sobre todo si éste es pobre ante esas palabras que nos interpelan.

Si pensamos que un «síndrome» es el conjunto de síntomas que caracterizan a una enfermedad, eso siempre conlleva una severa advertencia. Y aquello de «alucinantes» también advierte de una emoción subjetiva de la que quisiéramos librarnos o no conocerla, pues se la intuye en las esferas de la locura.

Pareciera que no se quiere saber de «interioridades». Nadie gusta de mirar su «mismidad», menos cuando es sugerida desde fuera del horror íntimo. Es demasiado duro el horror a sí mismo.

Faltos de una ilustración básica en temas de la psicología del alma, también alejados de una ideología política y social y de un respeto atávico a la «moris», que es la costumbre, todo el mundo se siente liberto ante un pensamiento inquisitivo o simplemente ante una palabra que incomoda por su indolencia epocal. Aunque nadie pueda librarse de su conciencia.

Síndromes alucinantes, entonces, son un conjunto de trazos de ese pensamiento que vienen a develar y a remover la conciencia tan condescendiente y pobre que los seres humanos tenemos sobre nosotros mismos. La revelación espera que la reconozcamos en nosotros, de frente. La remueve, para que podamos ver luz en los pliegues y capas que la conforman. No estamos locos, somos así.

El discurso de Síndromes… es valiente, desenfadado y rebelde, al modo de la díscola antipsiquiatría del doctor Armando Roa. Sigue, tal como en una veintena de libros de Juan Mihovilovich, fustigando y exponiendo aquello que en la interioridad de los lectores se quisiera mantener como un secreto, aunque se viva acosado en la desesperación y en medio de un ya claro síndrome y su alucinación.

Si se está frente de un libro de Juan, lo demás es lectura.

 

Volver al origen, sea como sea

Antes, se anotan dos párrafos que caracterizan su vocación escritural y recurrencia temática, los que hacen de su obra una saga literaria. No como una forma secuenciada de episodios, sino como fidelidad al persistente pensamiento vital que el autor tiene como motor: volver al origen, sea como sea.

Por otra parte —y es otra fidelidad de escritor culto— tal como en el desarrollo de anteriores relatos cortos o novelas, aquí se hacen nítidas la voz y las inflexiones estilísticas de autores que alguna vez lo remecieron, porque se anticiparon a lo que él escribe.

Kafka, sin duda está en el primer cuento de este libro, el «Síndrome de la mano» (p. 11): «mi mano derecha se esmeraba por salirse de mí como si temiera algo”. Dostoievski, otro hermano mayor de Juan Mihovilovich, siempre está presente en sus narraciones desde la intimidad de profundas y culposas «confesiones».

También Kundera, desde la forma coloquial, monologante. Y ahora, en este libro, se ve tan cercano a Lovecraft, insinuándose desde un horror absolutamente literario, inmaterial. Un horror que crece sutilmente desde el trastorno de los sentidos, lento, desde una inmaterialidad que llega a un esencial espanto síquico.

«Perro mundo» (p. 23). Pensamientos sobre la compasión, la falsa piedad, el fracaso humano, detonados, al parecer, por la superioridad inteligente de los perros del narrador. Así como son, increpan la fragilidad humana. Por ello es que serán los verdaderos amos del mundo, anfitriones de los mejores tiempos por venir.

«705» (p. 27). Un hombre como panóptico espía a los vecinos de su edificio. Los juzga viviendo en insípida rutina y pobreza por falta de imaginación. Así sabe de su sentido y sinsentido existencial. Es casi una investigación. Sin embargo, la rutina del espionaje sufre un vuelco real: en un momento será el protagonista quién queda bajo la mirada del panóptico.

«Especie en extinción» (p. 31). Trata de un ser en sus orígenes. En evolución dolorosa, que se enamora de su ama. De ese ser originario no se sabe lo que es, aunque es capaz de amar, odiar, o sentir celos. «Después, al llevarme con ella e instalarme en el patio de su casa mi veneración aumentó». El extraño ser vivo también reflexiona: «¡sólo si supiera donde voy tendría sentido mi origen!». Pareciera que su rival humano muere víctima de un ataque feroz, causado más por un dolor incomprensible que por otra cosa.

En «Un raro movimiento interior» (p. 45), era un día como todos y lo sobresalta un desconocido movimiento interior, a la altura del pecho. Esa sensación tiene la rara virtud de iluminarlo por dentro. Ahora es ingrávido y vuela por la ciudad. Lo hace repitiendo un nombre: «¡Cristo!». Como lo consideran loco, lo llevan a un sanatorio. Allí, tranquilo, parece que sí lo es.

Luego, «La oscuridad y el rey imaginario» (p. 51). Primero, un miedo horrible a la oscuridad. Para contrarrestar ese miedo, se vive dentro de historietas. Desde esa táctica, se emerge con la conciencia de un ser vivo diferente: se es un niño rey, un enviado desde lo celestial. Sus padres quieren que abandone su pieza y se transforme en un niño común. Estupefacto ante la vida, no sale de esa situación. No supo quién era ni que vivía en alguna realidad.

Después, «Síndrome del acento extranjero» (p. 55), un verborreico que habla distintos idiomas, «de tal manera que en sus pensamientos terminó por no saber quién era ni cómo reflexionar». Quizás por eso queda mudo para siempre.

Por último, en «Richi y el turco Gidi» (p. 95), un amigo con síndrome de Down: «Él entona una de esas melodías confusas al oído humano y comprensibles para los ángeles del cielo». Es un cuento tierno, poderoso, «para quien anhela descubrir el lado secreto de la vida».

 

Un interrogar a la existencia

Al fin, locura, enajenación, delirio, son estados presentes y naturales de la existencia diaria y resultado inequívoco de la vida moderna capitalista que va perdiendo sentido y significado espiritual.

Por ejemplo, la alienación, que es un modo de locura, está en relación con el espíritu, con la razón humana; por lo tanto, todo se refiere a la mente, al alma, al juicio, y se sufre.

La literatura se hace parte de unos síndromes a considerar cuando se escribe, cuando se lee. Aquí el síntoma es claro: estamos atrapados dentro de una paradojal realidad tan insana como universalmente benigna. Escritura y lectura, entonces, jugarán el papel de exorcistas.

Así las cosas, escritura y lectura se equilibran, se revierten, y eso será al modo de cómo lo apunta magistralmente el cineasta Edgardo Viereck Salinas en la portadilla del libro: «El síndrome debe ser comprendido no como algo negativo, sino como muestra de salud espiritual, y la alucinación como un estado de auténtica conciencia».

Y debe ser así. La palabra griega «syndico», que da origen a síndrome, significa «defensor». Y esto lo sabe de sobra un antiguo juez de paz, como lo es Juan Mihovilovich.

La fidelidad con que el autor trata sus temas se refleja en la convicción y uso de un arte literario. Es decir, ese largo camino que discurre es un interrogar a la existencia y el cómo hay que expresarlo es arduo y no permite distracciones. No es fácil, porque ante temática tan oculta no se debe ceder a vulgaridades ni falta de compromiso. Mente alerta y delicada es necesaria ante una intrincada «filosofía de la vida».

Juan es cuidadoso. Su pensamiento frente a los temas nace de una rara aptitud sufriente de la que es testigo pues fue niño «yugolote» (un cruel apelativo que se daba en Punta Arenas a los niños mestizos de yugoslavos y chilotes), cuyo dolor sereno le activó una inteligencia para sobrevivir y, más tarde, su pensamiento se equilibró desde la dialéctica que un juez de paz debe ejercer para que la culpabilidad no sea solo un veredicto, ni recaiga injusta sobre única causal.

Cuando se anota de esa fidelidad consecuente a sus temas —reflejo de una convicción sobre un arte literario—, se quiere decir que él sopesó la belleza y, sobre todo, se abocó a la rehabilitación del alma humana. Por eso escribe cuentos, novelas, ensayos, porque son caminos de belleza sorpresiva que, ponderando el alma, destruye desesperanzas anunciando algo bueno.

En esto la lengua ni la palabra son un detalle. Su uso del español es un medio que no elude la claridad, ni las alturas de la comunicación: impecable, lúcido, generoso en matices. Todo, en momentos en que el español cede ante la intromisión del dialecto neoliberal o del castramiento del idioma producido por la virtualidad comercial. Lo anterior no es poco frente de otras «nuevas o jóvenes narrativas».

Mihovilovich rescata el lenguaje. La frase bien hecha la inserta en un ritmo muy acorde a la comprensión, y así su discurso se hace exacto de significados. Eso lo faculta para acometer una imaginería existencialista y hasta la «metafísica» mental de los chilenos, sobre todo aquella que trata sobre las preguntas primordiales del ser.

Es que, desde su mirada tan íntima y certera, Juan Mihovilovich también se expresa universal con preguntas que vienen de fuera de su sistema personal y traducen el alma nacional.

Con todo, el repertorio temático del autor abre sus puertas. Convida. Y, compartiendo, plasma un escrito que es de literatura nacional. Al final, lo que aparentaba ser un soliloquio sufriente e intimista, es un ágora coral, una pasión por fusionar voces desde un pensamiento que es llave para el conocimiento sensible.

 

 

 

 

 

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Gustavo Boldrini (Quemchi, 1951) es escritor, y estudió bibliotecología en la Universidad de Chile e historia en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Fue integrante del Taller de Arquitectura Puertazul en Castro, Chiloé, y profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad ARCIS de Santiago y ARCIS Patagonia de la ciudad de Castro. En ellas fundó y dictó las cátedras «Suelo americano» y el taller «El hombre y la madera».

Caminante y guía por territorios patrios desde muy temprano. Fue cronista de temas históricos y culturales en el diario El Observador de Quillota. Durante seis años mantuvo una página sabatina en el diario La Segunda, en donde escribió sobre pequeños pueblos y lugares poco conocidos del país.

Paralelamente a su trabajo docente y escritural mantuvo un taller de carpintería y restauración de muebles y objetos de arte e imaginería religiosa.

Entre sus obras escritas destacan los libros Quillota, una relación personal (Altazor, 1988) y Un alma navegante. Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno (Kultrún 2025).

Su escritura transita entre la historia, la crónica, el ensayo y la ficción.

 

«Síndromes alucinantes» (Simplemente Editores, 2026)

 

 

 

Gustavo Boldrini

 

 

Imagen destacada: Juan Mihovilovich.

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