[Estreno] «Tyrel»: El minimalismo gringo de Sebastián Silva

La última entrega del cineasta nacional —disponible en la plataforma de streaming de Centroartealameda.tv— se sumerge, dentro de los parámetros estéticos de una retórica audiovisual propia del circuito «indie» de la costa Atlántica, en la cotidianidad cultural y en la sociabilidad de un grupo de adultos jóvenes estadounidenses, en el contexto de las tradicionales vacaciones de fin de año, propias del hemisferio norte.

Por Ezequiel Urrutia Rodríguez

Publicado el 21.12.2020

Escrita y dirigida por Sebastián Silva, Tyrel (2018) nos pone en la piel de un hombre afroamericano invitado a la fiesta de cumpleaños de un buen amigo (como habrán visto en la última publicación de Cine y Literatura), un hombre caucásico, así como todo el resto de sus convidados.

¿Qué tiene esto de raro?

Seguramente muchos se lo estarán preguntando (así como aquellos que leen esto por primera vez), pues, como parece costumbre en la idiosincrasia estadounidense, los comentarios groseros que suelen hacerse en contra de la comunidad afroamericana, resultan un acto casi reflejo.

Esto y las consecuencias que pueden causar en quienes a diario lidian con ese tipo de comportamientos culturales.

A modo general, la historia cuenta con una introducción bastante sencilla, tenemos al grupo reuniéndose en una casa en el campo, entre la nieve, presentándonos los típicos adornos que siempre muestran durante la temporada de Navidad.

Espacio perfecto para pintar el mundo que rodea a nuestro protagonista, de quien es fácil encariñarte, más cuando se te es costumbre participar en reuniones así con tus colegas del trabajo, o con tus amigos más cercanos.

Hasta ese punto podemos decir que es una situación bastante cotidiana, compactada con un toque acogedor y relajante que suele contrastar con el ajetreo típico del periodo en cuestión.

Pero luego tenemos a nuestro evento detonante, el cual pondría a nuestro protagonista en una situación bastante embarazosa, cosa que todo el grupo dejaría en un: “tranquilo, es solo un juego”.

Sobra decir que para Tyler no lo es.

Dentro del ámbito educativo hay un término del que se ha hablado mucho últimamente, la denominada “normalización de la violencia”. Este concepto señala ciertas acciones que generalmente tienden a poner al otro en una situación de vergüenza, o dolor, pero que bajo la idea del juego, o la broma, se le ha bajado tanto el perfil que ni lo cuestionamos (mucho menos medimos las consecuencias).

En este cuadro, Silva nos expone de la forma más cotidiana cómo existen actitudes groseras, desubicadas, y sobretodo molestas, pero que bajo la pantalla del juego la dejamos en tal plano, que ni nos paramos a pensar en las molestias que causamos.

Claro, en este punto, más de alguno seguro piensa en esos casos que se han vuelto comunes en Redes Sociales, esos donde tenemos a quienes reaccionan frente a comentarios netamente peyorativos, a los que salta el infaltable: “esta generación de cristal, se ofende por todo”, comentario no muy distinto al intento de consuelo que intentan darle a nuestro protagonista.

Pero como dije anteriormente, esta historia no va solo de los comentarios de estos amigos. Premisa que Silva sabría ejecutar, especialmente al combinar luces y sombras de los interiores.

Una de estas sería de las tomas en que tenemos a Tyler por los pasillos, andando a oscuras, lo que luego se rompe al cambiar de habitación, generalmente acogedora y llena de luz. Esto podemos interpretarlo como las inseguridades con las que carga, pero que a pesar de la dificultad, logra sobrepasar.

Y bueno, ya que hablamos de inseguridad, algo notorio en este personaje es lo distanciado que suele estar del grupo, quienes se muestran bastante unidos durante toda la cinta (no lo culpo).

Es gracioso, en cierto sentido, y a su vez triste, ya que se ve lo celoso que es ante su integridad, sabiendo lo descorteces que sus compañeros llegan a ser, por lo que resulta entendible que quiera marcar sus distancias.

Por otra parte, observando esos mismos comportamientos con sus colegas, es interesante una respuesta que suele ser la antítesis perfecta para esta violencia normalizada. La empatía.

Esto porque a nuestro protagonista, por mucho que la actitud de sus amigos sea a veces tan irrespetuosa, nada le impide ser un poco mejor que ellos, en el sentido de responder de una forma más altruista. En otras palabras, respondiendo a su violencia con empatía.

Y esto es justamente lo que vuelve a Tyler un personaje tan especial, puesto que trata este conflicto con la madurez de un hombre de su edad, y por mucho que sus amigos tiendan a actuar tan despectivos, él responde con aprecio.

De cierta forma, hasta rompe los ciclos que conllevan la violencia, pues sería muy fácil repartir uno o dos golpes, ¿pero a qué costo?, ¿cambiaría algo en realidad?

Sí, es cierto que no todos los problemas se resolverán con empatía (si no, vean todo lo que ha pasado desde el Estallido Social), pero en lo que respecta a esta situación, es algo donde sí se puede ser empático.

Algo que Tyrel va exponiendo a cada muestra de cariño que, poco a poco, se expresa con sus amigos.

 

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Ezequiel Urrutia Rodríguez (1996) es un joven escritor chileno nacido en la comuna de San Miguel, pero quien ha vivido toda su vida en los barrios de Lo Espejo.

Es autor del volumen Kairos (Venático Editores, 2019) su primera obra literaria, y la cual publicó bajo el pseudónimo de Armin Valentine.

También es socio activo de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) y licenciado en educación y profesor de educación básica de la Universidad Católica Silva Henríquez.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Ezequiel Urrutia Rodríguez

 

 

Imagen destacada: Tyrel (2018).