“La puerta abierta”: La esperanza en medio del descampado

En este largometraje hay cierta reminiscencia al mundo de Almodóvar. Personajes femeninos, que de pronto se enfrentan a situaciones difíciles, con valor, fuerza interior y expresividad. De hecho, no es coincidencia que en la película de Seresesky, el impulso dramático recaiga en el cuarteto conformado por Sara, Antonia, Lupita y Lyuba. Ellas, a pesar de sus vicios, delirios y carencias,  constituyen una familia, la más imperfecta de las familias, pero una familia al fin y al cabo.

Por Francisco Marín-Naritelli

Publicado el 28.11.2017

“Toda la variedad, todo el encanto y toda la belleza que existe en este mundo está hecha de luces y sombras”.
León Tolstói

Sara y Antonia. Sara, la hija. Antonia, la madre. Ambas prostitutas. Antonia recuerda sus viejos esplendores. Sara, en cambio, vive su día a día con amargura y desolación. Pero algo sucede en el piso madrileño donde conviven (y envejecen) con otras prostitutas, travestis e inmigrantes: Lyuba, la pequeña hija de Masha, se esconde en el pequeño,  oscuro y ruinoso departamento de Sara y Antonia, luego de la muerte de su madre, aprovechando que Antonia, por descuido, siempre deja la puerta abierta. Este es el argumento de, precisamente, “La puerta abierta” (2016), largometraje  dirigido por Marina Seresesky, el cual ha acumulado numerosos premios en festivales internacionales como el Premio del Público (Transilvania Film Festival) o el de Mejor Película, Guión y Actriz (Festival de Cine de Alicante).

Con una narración ágil y entretenida, la película combina el humor y el drama. Por un lado, la relación amor-odio entre Sara y su anciana madre, que se cree Sara Montiel, el histrionismo de Lupita, un travesti interpretado por Asier Etxeandía, las habladurías y santurronería de Juana, una suerte de Doña Florinda de El Chavo del 8; hasta momentos de por sí conmovedores, como cuando Lyuba, tras una noche como muchas noches, le cura las heridas a Sara, quien, en un principio, se niega a la presencia de la pequeña en su hogar. También la violencia, la droga y la muerte.

Hay cierta reminiscencia al mundo de Almodóvar. Personajes femeninos, que de pronto se enfrentan a situaciones difíciles, con valor, fuerza interior y expresividad. De hecho, no es coincidencia que en la película de Seresesky, el impulso dramático recaiga en el cuarteto conformado por Sara, Antonia, Lupita y Lyuba. Ellas, a pesar de sus vicios, delirios y carencias,  constituyen una familia, la más imperfecta de las familias, pero una familia al fin y al cabo. Eso significa estar juntos, apoyarse.

Hay belleza, por qué no. Una belleza en la mirada, en la escala de grises. En un mundo que se nos presenta como un gran teatro de contradicciones, muchas veces brutal y decadente, también hay espacio para la esperanza. Porque los seres humanos, cualquiera sea nuestra biografía y condicionamiento, siempre tenemos la posibilidad de encontrar el camino para torcer el orden del presente, a partir del encuentro con el otro, reconocerse en el otro, en su miseria. Casi como una segunda oportunidad, cuando se deja la puerta abierta, las cosas pueden precipitarse de forma inesperada, trastornando y transformando la existencia y posibilitando una nueva vida.

 

Sara, Antonia, Lupita y Lyuba constituyen una familia, la más imperfecta de las familias, pero una familia al fin y al cabo: eso significa estar juntos, apoyarse

 

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