La película dirigida por Santiago Mitre y que se estrena este jueves en la cartelera nacional, destaca por revelar las bambalinas tanto del “ser” como del “hacer” político, esto es, del rango detentado (presidentes, senadores, funcionarios) como de la trama de poder detrás de su ejercicio.
Por Francisco Marín-Naritelli
Publicado el 24.08.2017
Hernán Blanco, presidente argentino, pusilánime, invisible, fútil, reducido a mera decoración frente a los otros mandatarios en una cumbre latinoamericana realizada en medio de la Cordillera de los Andes, representa el ideal de la asepsia: el hombre común, pedestre, que asciende, más por su “conexión con la gente” que por su intelectualidad, a la máxima magistratura de la Nación.
De cierta forma, este juego de reconocimientos, reuniones imprevistas, acuerdos espurios –en donde de pronto queda atrapado el personaje de Blanco con evidente incomodidad (dado el desconocimiento de aquellas prácticas o simplemente por incompetencia)– no refleja sino nuestra propia (y actual) democracia (o sociedad o ambas) inmunitaria, tal como reconocen Roberto Esposito y Alain Brossat, erigida sobre la base de la desafección de todo vínculo social.
No deja de ser reconocible, en este sentido, el lugar donde transcurre la película: la Cordillera, lejana de los centros urbanos, perdida entre nieves eternas, distante de la voz y el juicio de los públicos, electores o manifestantes. Este es el real espacio de la política actual: sin la amenaza del munus. Sin el sacrificio de la compensatio. Es una democracia desafecta de conflictos, al menos en la superficie, puesto que el verdadero juego de fuerzas ocurre en la “cocina” (sí, sirve la metáfora de la cocina de Andrés Zaldívar). Dicha inmunidad que pone a salvo a “la vida misma” afirma para los cuerpos (hablando en clave biopolítica), “la posibilidad de existir sin ser tocados” (Brossat, 2008).
Pero Blanco se ahoga. Se ahoga con su hija y por ella: el asedio de un escándalo (y extorsión) que los involucra, lo que podría echar por tierra la honorabilidad del cargo presidencial y que cuyos asesores buscan proteger a toda costa. ¿El camino del protagonista? Casi como la inversión del viaje del Héroe devenido en Fausto o Mefistófeles, Blanco termina por aprender los secretos del poder, tejiendo la madeja invisible que prescinde, tras los discursos y las grandes banderas, del bios políticos.

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