El filme de Ridley Scott —basado en la novela de Philip K. Dick, «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?»— es una historia que plantea la diferencia entre los seres humanos naturales y aquellos otros creados con la ingeniería genética, y la encuentra en el mundo emocional y la biografía afectiva de los primeros, de las cuales el segundo grupo carece.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 17.5.2026
Los psiquiatras diagnosticamos, decidimos en situaciones urgentes, tratamos, desciframos, decodificamos y deconstruimos, si llega al caso, a los pacientes. Explicamos neurobiológicamente sus síntomas, hacemos preciosas formulaciones psicodinámicas, cognitivistas, sistémicas, fenomenológicas y aun sociales, pero… ¿entendemos a nuestros pacientes?
Es decir, como señalara Karen Horney: «Siempre está la amenaza de que los tecnicismos sustituyan a la nítida ideación y, por tanto, a la comprensión».
Variando lo que sea necesario variar, es la misma postura de Richard Feynman, Premio Nobel de Física de 1965 por su contribución al desarrollo de la electrodinámica cuántica (QED), quien además revolucionó la enseñanza de la disciplina, en parte, con el empleo de los llamados diagramas de Feynman, un modo gráfico de abordar problemas complejos y transformarlos en más sencillos y accesibles. Por la que solía decir a sus compañeros profesores: «Si no somos capaces de explicar a los alumnos un problema físico sin acudir al aparato matemático, es que no lo hemos entendido».
Entender a un paciente es comprender a la persona, al otro, y para eso no basta con el diagnóstico. Para entender es necesario captar las emociones y los sentimientos del enfermo, así como tener capacidad de empatía para comunicarle esta comprensión.
Con todo, en el recorrido de este camino puede resultar el cine de ficción de gran ayuda.
¿Qué es lo específicamente humano?
Así, es cierto que términos como «entender», «empatía», «el otro», «comprensión», «captar» resuenan a Dilthey, Jaspers, Binswanger, Sartre y la filosofía existencial y también lo es que mucho de ello está ya recogido por propio Karl Jaspers, pero esta idea no se la sugirió a quien esto escribe la lectura de la Psicopatología general, sino el cine.
En concreto, la película Blade Runner (1982), de Ridley Scott, y la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) que la sustenta. Historia que plantea la diferencia entre los seres humanos naturales y aquellos otros creados con la ingeniería genética, y la encuentra en el mundo emocional y la biografía afectiva de los primeros de la que el segundo grupo carece.
Para conseguir la distinción, se emplea el Test de Voigt-Kampff, una batería ficticia de preguntas inspirada en la Prueba de la asociación de palabras, de Carl Jung, con el objeto de despertar en el probando reacciones psicológicas que se detectan por la medición del tamaño de las pupilas. Los humanos las presentan reactivas, mientras que en los otros (llamados replicantes) no responden a ellas.
En diferentes palabras, lo que investiga la encuesta es la capacidad de empatía y lo que viene a decir es que lo que hace al ser humano serlo de verdad no es solo la inteligencia, sino, en especial, la comprensión empática. Sin embargo, el final del relato muestra como los peligrosos replicantes son más capaces de generosidad que sus creadores al salvar uno de ellos la vida de alguien que le persigue para matarle.
Con todo, esta secuencia da la vuelta a película y repregunta: ¿qué es lo específicamente humano? Y responde que, en todo caso, una categoría que trasciende las circunstancias de la creación del ser ya sea esta la reproducción sexual o la ingeniería genética. Esta categoría proviene de un fondo emocional: la empatía.
En su tesis doctoral sobre la misma, Edith Stein, filósofa y discípula de Edmund Husserl, la definió como «captar al otro sin poseerlo». ¿Cabe un respeto mayor? No hay que confundirla con sentimientos cercanos como la lástima o la conmiseración, que implican una asimetría entre los dos componentes del encuentro, uno de los cuales se halla en una posición inferior de necesidad. En la empatía, en cambio, sobresale el mismo nivel de acercamiento.
No deja de tener interés que el término proceda del mundo de la estética, debido sobre todo a Theodore Lipps (1851 – 1914), profesor de filosofía y psicología en Berlín, Breslau y Munich, quien la define de esta manera: «El placer estético es un goce de nuestra propia actividad en un objeto».
Se presenta así la vía tradicional de acceso al disfrute del arte a través de la emoción añadida al intelecto. Vía que en las manifestaciones contemporáneas ha dejado paso a una actitud intelectual pura para la valoración de la obra artística. Por ejemplo, el llamado «arte conceptual», entre otros.
Jean Pierre Oudart aplicó al cine el concepto psicológico de «sutura», de Lacan y Miller. Según esta metáfora quirúrgica, la mirada de la cámara «cose» al espectador a la pantalla de modo que este acepta la película para sentirse parte de la historia e identificarse con el personaje principal con el resultado de que el montaje permanezca invisible y natural. Este fenómeno representaría la vía habitual del cine hacia la empatía.
Douglas Sirk, creador de los más famosos melodramas de los estudios de Hollywood en los pasados años 50, explicaba la esencia de su obra, en un programa de televisión, con la siguiente fórmula: «motion=emotion».
Es decir, movimiento (las películas son imágenes en acción) es igual a emoción. Y de esta manera establecía el lazo principal entre el cine y la psiquiatría: ambos tratan de la emoción. De las que agitan a los personajes y de las que despiertan en los espectadores.
Si esos mismos personajes están bien construidos y basados en observaciones de la realidad, es un trozo de vida lo que visiona el contemplador. Fragmento que nos ayuda a agudizar nuestra capacidad de análisis y de empatía. Facilita la conmoción y la sensibilidad y, por tanto, la comprensión. Y, aunque pueda resultar sorprendente, a los psiquiatras también.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Tráiler:

Imagen destacada: Blade Runner (1982).



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