La productora cinematográfica de los hermanos Pablo y Juan de Dios Larraín brindó un curso de cinco sesiones —desarrolladas entre el 21 y 29 abril de este año— ante 450 personas en la sala principal del Centro Cultural Gabriela Mistral, donde enseñaron a la audiencia las fórmulas creativas de su éxito empresarial.
Por Enrique Morales Lastra
Publicado el 23.5.2026
Ha sido un primer semestre agitado para el GAM y su dirección ejecutiva, encabezada por la gestora cultural, formada en el Teatro Municipal de Santiago, Alejandra Martí Olbrich.
Si en enero, la mencionada jefatura debió afrontar la polémica por el estreno de una obra del dramaturgo Guillermo Calderón (acusado de plagio, en el contexto del denominado caso Vampiros Literarios), apenas asumido el llamado gobierno de emergencia nacional, recibieron la noticia de que la postergada habilitación de su sala de conciertos (0 segunda etapa), sería nuevamente postergada en su construcción y entrega final, tal y como ocurre desde 2010.
Luego, el ministro de las Culturas, Francisco Undurraga, fue víctima de una «funa» o encerrona pública en la inauguración del evento Aurora Conecta, la jornada del miércoles 6 de mayo, sin que se tomaran las medidas se seguridad pertinentes para evitar una situación de esa naturaleza, que reflexionaba acerca de las industrias creativas y su influencia, en el país.
Una planificación de seguridad que sí se adoptó a raíz del ciclo Formación Fábula, desarrollado con total tranquilidad entre los días 21 y 29 de abril recién pasados, en esa misma sala principal, y a la cual sólo tuvieron acceso un grupo de 450 personas, previamente escogidas por la organización de la instancia. Para ello, los interesados debían hacer llegar una copia de un título profesional que certificara la idoneidad a fin de poder participar del seminario, que también buscaba debatir en torno al fenómeno económica y cultural de las «industrias creativas».
En efecto, el congreso de charlas tuvo a lugar en medio de la controversia mediática que involucraba a la casa filmográfica propiedad de los hermanos Pablo y Juan de Dios Larraín con la familia Matute Johns, por el estreno el miércoles 15 de abril, en la plataforma de streaming Netflix, de la miniserie Alguien tiene que saber (2026), producida por Fábula.
Con todo, el ciclo formativo fue anunciado a comienzos de año, durante la primera semana de enero, luego de una alianza estratégica firmada por el Centro GAM (representado por su directora ejecutiva) y el productor Juan de Dios Larraín, cuando la institución —financiada con recursos estatales y que funciona en un edificio de propiedad fiscal— ya había sido alertada, por Antar Venegas Novakovic (mediante una detallada carta dirigida a Alejandra Martí Olbrich, en diciembre de 2025), acerca de los involucrados en el Caso Vampiros Literarios (el dramaturgo Guillermo Calderón y los dueños de Fábula).
Al respecto, conversamos con Antar Venegas Novakovic, querellante del citado caso judicial, y en el cual se investiga la utilización no autorizada del libreto de la obra teatral Ya no sueño Augusto (2017), escrita por su hermano Sebastián, en la elaboración del guion cinematográfico del filme El conde (2023). Este último, un texto concebido por Guillermo Calderón y Pablo Larraín, y cuyas páginas inclusive fueron premiadas en el prestigioso Festival de Cine de Venecia.
El caso Vampiros Literarios —iniciado en 2024 por una querella de tipo penal— se encuentra en fase de investigación, incardinado en el Octavo Juzgado de Garantía de Santiago, y en la Fiscalía de Ñuñoa – Providencia, en unas pesquisas judiciales que están a cargo de la persecutora Macarena Geisse Fernández.

Ya que el GAM recibe fondos públicos…
— ¿Qué juicio te merece el que una empresa de la industria audiovisual tan interpelada en el último tiempo —en el Poder Judicial y a través de los medios de comunicación— cuente con el respaldo institucional del Centro Cultural Gabriela Mistral, una corporación financiada con recursos estatales y que para desarrollar su misión de proveer cultura utiliza un edificio fiscal de gran simbolismo para la ciudadanía?
—Es un respaldo temerario. ¿De qué hablaron Pablo y Juan de Dios en esas charlas? Probablemente de procesos creativos, de lenguaje audiovisual, de construcción de personajes, de decisiones de producción y de éxito internacional.
¿Y también hablaron de cómo consiguen sus historias, de la relación con las familias que los inspiran, del cuidado y respeto por la identidad? ¿Hablaron de empatía, de revictimización o de la reapertura permanente del daño, de apropiación o transformación de identidades reconocibles? ¿Hablaron sobre el desbalance entre su poder narrativo —con permanente respaldo institucional— y la capacidad de respuesta de los afectados? Son temas importantes.
¿Hablaron de avanzar ‘sin pedir permiso ni perdón’? Porque pareciera que esa ha sido, en parte, una forma particularmente eficaz de abrirse paso en el escenario internacional. Habría sido una cuestión central entonces al momento de instruir o inspirar a la audiencia joven que asistió: ¿hablarles también de esas capacidades, de esa manera de practicar el oficio?
Por lo demás, ya que el GAM recibe fondos públicos, sería bueno un poco de pluralidad en esas charlas. Desde aquí le pregunto a Alejandra Martí si está dispuesta a invitar a personas que cuestionan las prácticas de la industria audiovisual a participar en esos mismos espacios, por ejemplo, a los Matute Johns o a la familia Peluchonneau o a la madre de Sebastián Venegas Novakovic, entre otros afectados por la productora.
Imagino esos pendones gigantes en el frontis del GAM invitando a estas charlas: ‘La vida después de la ficción: cuando las personas vuelven a casa’, por ejemplo, o ‘Sin pedir permiso: conversaciones sobre ficción, identidad y poder narrativo’ o ‘Ciclo de otoño: Plagio y streaming’, ¿por qué no?
«Un acto anticultural»
— ¿Te parece una imprudencia corporativa por parte de la dirección ejecutiva del GAM comprometer —sin tomar los resguardos necesarios—, una alianza estratégica con una productora cinematográfica involucrada en un caso judicial por plagio, y la cual también se acaba de trenzar públicamente en una amarga y mediática disputa con la querida familia Matute Johns?
—No una imprudencia. Más bien lo veo como un acto anticultural. Este tipo de decisiones nos arrastran exactamente a ese lugar, a esa situación: una charla entre cuatro paredes donde solo una parte de la historia tiene micrófono.
Es anticultural en el contexto el arte porque en esa charlas se administra la conversación pública, se pasa por el cedazo, se elige, se organiza y se vuelve a contar; se le saca lo feo, por así decirlo: las notificaciones, las querellas, los recursos de amparo, las declaraciones ante la PDI, todo aquello que le ha tocado enfrentar a Fábula queda bien lejos de la opinión pública, recordemos, todo esto dentro de un edificio fiscal.
No hay pluralidad en aquello, Alejandra Martí y demás personas que toman decisiones apoyan ese descreme de información, ese silencio, en una instancia, para colmo, formativa.
Entonces el problema no es la alianza en sí, sino el papel que se le asigna. Una cosa es invitar a una productora a mostrar su trabajo, pero otra muy distinta es ofrecerle un espacio de formación para nuevas generaciones.
Supongo que de ahora en adelante debemos entender que esta productora constituye un ejemplo a seguir, una especie de modelo profesional o una referencia para quienes recién ingresan a la industria.
En torno a los Matute Johns y la controversia con Fábula, me sigo preguntando por qué tomar esa historia y hacer con ella una especie de seudoficción: algo parecido a un documental, pero con pequeñas modificaciones cosméticas de la realidad.
No se entiende. Todo Chile conoce el caso Matute. ¿Qué función pudieran cumplir algunos gramos de ficción añadidos sobre una carpeta investigativa si el resultado termina siendo el que todos conocemos: más sufrimiento y desgaste para los Matute Johns?
Creo que ese tipo de decisiones deja una marca difícil de borrar en la trayectoria de la productora nacional.
«La inacción, la renuncia, es abono para la impunidad»
— ¿Qué medidas piensan adoptar junto a las otras familias que se han visto envueltas en coyunturas legales o éticas con la empresa de los hermanos Larraín, por este apoyo a su imagen pública, que les ha brindado el GAM?
—No puedo hablar sobre lo que estamos haciendo. Estos son esfuerzos de corto y largo aliento. Todo es estrategia. Te recuerdo que los derechos de autor subsisten 70 años luego de la muerte del autor, eso da una idea de en qué estamos cuando defendemos, en mi caso, a mi hermano Sebastián, autor de Ya no sueño contigo Augusto.
A través del caso Vampiros Literarios hemos hablado con mucha gente, y eso nos ha permitido conocer otras familias que están en situaciones parecidas enfrentadas a esta productora. Es lamentable que seamos los únicos que hemos presentado acciones legales, junto con los afectados por la producción de El Presidente. Sin embargo, estamos en contacto, muy atentos a lo que va ocurriendo.
La inacción, la renuncia, es abono para la impunidad, la alimenta, la fortalece y empeora el panorama para los futuros afectados por esta industria. Siempre hay que luchar.
«¿De qué forma de vivir del arte estamos hablando?»
— ¿Alejandra Martí Olbrich debería dar un paso al costado como directora ejecutiva del Centro GAM?
— No lo sé. La realidad es compleja. Si pudiéramos saber todo lo que hay detrás de una decisión las cosas podrían mejorar, o empeorar. Entiendo, por declaraciones de Martí, que fue el GAM el que se acercó a productora Fábula. Ignoro si eso fue una decisión exclusivamente de ella o si participaron otras personas.
Al parecer GAM se interesó en abrir una línea de formación en el mundo del arte, entre otras cosas porque Chile a avanzado en ‘aquellos modelos de negocios que nos permiten vivir del arte que realizamos’, según dice Martí en @centrogam, pero, ¿qué modelo de negocios es este? ¿De qué forma de vivir del arte estamos hablando?
Esto del modelo de negocios me hace recordar la frase de Alfredo Castro mientras defendía la producción de Alguien tiene que saber frente al reclamo de los Matute Johns por el uso de sus nombres propios en la serie: ‘quiero dejar súper en claro que legalmente esa serie se puede hacer’.
¡Vaya!, como si bastara con no cruzar una frontera legal para dar por resuelto un problema mucho más amplio y, por lo demás, cuántas cosas se han hecho en este país al amparo de la legalidad.
Quién lo diría, ahí está el arte nacional lanzándonos la Constitución y las leyes por la cabeza, como si el debate cultural terminara ahí, en un par de artículos.
Este es el síndrome de la alfombra roja, o famitis: una enfermedad que transforma en secundario cualquier dolor ajeno y donde ciertos grupos parecen administrar escenarios, legitimidades y acceso a la conversación pública; así me explico mucho de lo que está pasando en la industria audiovisual, este olvido repentino de aquello por lo que tanto se lucho y resistió.
Respondiendo tu pregunta: no, no necesitamos un paso al costado, sino varios hacia adelante, hacia la vanguardia, para dejar atrás este feudalismo cultural.
«La reputación de una productora cuyo comportamiento ha sido públicamente cuestionado»
— ¿Fue acertada la decisión del Ministerio de las Culturas de postergar nuevamente la ampliación del GAM, en vistas de estas situaciones que ocurren al interior del cuestionado espacio, que generan polémicas y controversias de carácter ético en la opinión pública?
—El problema no es cuántos metros cuadrados tiene el GAM, sino cómo estas ‘grandes obras públicas destinadas a custodiar el alma de un país’ (Martí) pasan de promover cultura a parecer más preocupadas por la reputación de una productora cuyo comportamiento ha sido públicamente cuestionado.
Con todo, ese es el tema: hacer pasar como interés público aquello que quizás responde a intereses particulares. Es aquí donde ese discurso de tanta pluralidad y transparencia, de lo público y de la ciudadanía, no me convence en absoluto porque veo exactamente lo contrario. Y creo no ser el único decepcionado con estas decisiones tomadas tan lejos de la ciudadanía.
Y claro, tal vez todas estas polémicas y controversias ayuden a que la autoridad de turno tome este tipo de decisiones, porque las personas podemos hacer más de una cosa al mismo tiempo.
A pesar de todo el peso de lo cotidiano, estamos viendo permanentemente lo que hacen, cómo se comportan desde la institucionalidad, y todo eso genera respuestas; no siempre inmediatas, porque lo que hay que mover tiene una envergadura considerable, pero aun así la cosa se mueve y toma posición.
Quiero decir, nada de esto pasa desapercibido, la sociedad siempre está atenta.
***


Imagen destacada: Alejandra Martí Olbrich.

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