[Ensayo] Falsa poética de la promesa y responsabilidad pública del lenguaje

Un juramento electoral de expulsión masiva, formulada en un contexto de ansiedad social, inseguridad percibida, precarización institucional y búsqueda de culpables visibles, actúa como un dispositivo de condensación afectiva, porque reúne en una cifra memorable una fantasía de orden, soberanía recuperada, limpieza administrativa y eficacia instantánea.

Por Luis Cruz-Villalobos

Publicado el 28.5.2026

«Poéticamente habita el hombre».
Friedrich Hölderlin

El anecdótico episodio que motiva este breve ensayo posee una precisión lingüística y política que conviene atender con cuidado: el Presidente José Antonio Kast, en el marco de las críticas por su promesa electoral de expulsar a 300 mil migrantes irregulares al iniciar su gobierno, afirmó que esa formulación debía entenderse como una «metáfora» y luego corrigió parcialmente su planteamiento indicando que «quizás la palabra era hipérbole, no metáfora» (Aranda & Rosas, 2026).

Como es bien sabido, la metáfora corresponde a una traslación figurada del sentido mediante una comparación implícita, mientras que la hipérbole consiste en aumentar o disminuir exageradamente aquello de que se habla (cf. RAE).

En apariencia, se trataría de una confusión terminológica básica, casi escolar o un simple desliz irrelevante del habla; sin embargo, el asunto alcanza una significación mayor cuando se advierte que esa confusión aparece en el marco de una promesa electoral referida a personas concretas, poblaciones vulnerables, procedimientos administrativos, derechos fundamentales e imaginarios de amenaza colectiva, de manera que el error no queda restringido al ámbito del castellano bien usado, sino que ingresa en el núcleo mismo de la palabra públicamente empeñada.

La poesía, entendida en sentido amplio como potencia figurativa del lenguaje, pertenece a una zona delicada de la experiencia humana, porque permite decir lo que la literalidad común no alcanza, abre relaciones inesperadas entre las cosas, produce una iluminación oblicua de la realidad y concede a la palabra una densidad sensible que la comunicación burocrática o propagandística tiende a destruir.

Desde Aristóteles, la metáfora fue pensada como una operación de traslado que exige inteligencia de las semejanzas, ya que quien metaforiza con verdad reconoce una proporción capaz de revelar algo que permanecía oculto bajo el uso habitual de las palabras (Aristóteles, 1974).

La figura poética, en esta tradición, intensifica la responsabilidad del hablante, porque el lenguaje figurado exige mayor vigilancia sobre el puente que construye entre lo dicho, lo sugerido y lo efectivamente producido en la conciencia de quienes escuchan.

Por eso, cuando una figura es usada para movilizar afectos públicos, especialmente afectos ligados al miedo, la amenaza o el castigo, su condición poética no disminuye la responsabilidad ética del discurso, sino que la vuelve más exigente.

El problema aparece con especial nitidez cuando el discurso político invoca a la poesía después de haber producido adhesión, temor, expectativa punitiva o fantasías de reparación inmediata. En ese punto, la figura deja de operar como apertura imaginativa y comienza a funcionar como coartada.

Una promesa electoral de expulsión masiva, formulada en un contexto de ansiedad social, inseguridad percibida, precarización institucional y búsqueda de culpables visibles, actúa como un dispositivo de condensación afectiva, porque reúne en una cifra memorable una fantasía de orden, soberanía recuperada, limpieza administrativa y eficacia instantánea.

Si luego se afirma que aquello era una «metáfora» o, con mayor exactitud, una «hipérbole», el desplazamiento retórico intenta conservar los beneficios movilizadores de la literalidad durante la campaña y reclamar, una vez enfrentada la realidad jurídica, diplomática y material del gobierno, los privilegios defensivos de la figuración.

La hipérbole en el discurso político posee una eficacia conocida desde la antigüedad, porque agranda el objeto, dramatiza el peligro, acelera los tiempos, reduce la complejidad institucional y transforma una situación social llena de mediaciones en una escena de acción inmediata o drástica.

En el caso de la migración irregular, la exageración adquiere una carga moral especialmente delicada, porque el objeto de la frase no es una abstracción contable ni una categoría administrativa inocua, sino una multitud de vidas concretas atravesadas por desplazamiento, pobreza, trabajo, redes familiares, trámites fallidos, miedo, esperanza y exposición pública.

La poética degradada del número grande vuelve intercambiables a las personas, las convierte en masa disponible para la imaginación punitiva y prepara una sensibilidad colectiva en la cual la solución parece más verdadera mientras menos mediaciones reconoce.

Así, la fuerza de la promesa no procede de su viabilidad efectiva, sino de su capacidad para convertir una situación compleja en una escena simple: alguien promete sacar de la comunidad a quienes han sido previamente imaginados como amenaza.

 

La violencia latente de ciertos discursos

George Lakoff y Mark Johnson permiten comprender con particular claridad por qué este problema excede el plano puramente retórico.

En Metáforas de la vida cotidiana, cuyo título original, Metaphors We Live By, puede traducirse de forma más precisa como «las metáforas por las que vivimos» o «las metáforas según las cuales vivimos», sostienen que esta figura literaria no pertenece únicamente al lenguaje literario, ya que estructura buena parte de nuestra comprensión cotidiana del mundo, organiza la percepción, orienta inferencias y moldea acciones concretas, muchas veces sin que lo advirtamos (Lakoff & Johnson, 1986).

Desde esta perspectiva, cuando una autoridad política dice que una promesa de expulsión masiva era una metáfora u otra figura retórica, el problema no reside únicamente en si empleó bien o mal un término literario, porque las metáforas públicas configuran modos de ver, sentir, clasificar y actuar en la realidad social de modo concreto. No se limitan a embellecer el pensamiento o discurso, sino que participan activamente en la construcción de aquello que una sociedad considera posible, legítimo, urgente o moralmente aceptable.

El planteamiento de Lakoff y Johnson resulta especialmente fecundo para analizar el discurso sobre migración, porque muchas políticas contemporáneas descansan en metáforas que se repiten hasta volverse dispositivos invisibles de gran influencia social: el Estado como casa, la frontera como puerta, la nación como cuerpo, la irregularidad migratoria como invasión, contaminación, carga o desorden, y el gobernante como guardián capaz de cerrar, limpiar, expulsar o defender.

Con todo, estas imágenes parecen naturales cuando han sido reiteradas durante años, pero en realidad seleccionan algunos aspectos de la experiencia y ocultan otros, pues permiten ver a ciertas personas como amenaza espacial o peso administrativo, mientras dificultan reconocerlas como trabajadores, vecinos, madres, niños, solicitantes de refugio, sujetos de derecho o interlocutores morales.

La metáfora política contribuye así a fabricar el campo perceptivo dentro del cual algunas soluciones parecen sensatas y otras aparecen como debilidad, ingenuidad o traición. Lo mismo ocurre con otras figuras retóricas, incluida la hipérbole, cuando su exageración no busca iluminar una verdad moral, sino producir un efecto de adhesión inmediata.

Además, Lakoff y Johnson subrayan que toda metáfora conceptual ilumina y oculta al mismo tiempo, lo que permite comprender con mayor precisión la violencia latente de ciertos discursos. Si la migración irregular se imagina mediante la metáfora de una casa invadida, la respuesta afectiva esperable será la expulsión forzada; si se imagina como enfermedad, la respuesta será planteada como un remedio o intervención quirúrgica; si se imagina como desorden o caos, la respuesta será el control férreo.

En todos esos casos, el problema público queda interpretado antes de la deliberación, porque la imagen guía la conclusión y también las acciones concretas. Por ello, la mala fe retórica aparece cuando el hablante se beneficia de la fuerza emocional de una metáfora, de una hipérbole u otra figura literaria durante la competencia electoral y después pretende presentarla como si hubiera sido una figura inocente y trivial, desligada de sus efectos cognitivos, morales y políticos.

Así, el lenguaje público se corrompe cuando la palabra deja de responder ante aquello que designa y comienza a responder únicamente ante su utilidad. Esa corrupción puede operar mediante exageraciones performativas, ambigüedades calculadas, imágenes violentas suavizadas después y apelaciones al «sentido común» como tribunal que clausura toda discusión sobre lo prometido.

Horkheimer y Adorno (1998) describieron con severidad el modo en que la razón instrumental convierte los contenidos culturales en medios de administración, dominio y reproducción social; aplicada al discurso político, esa intuición permite comprender cómo la poesía, despojada de su exigencia de verdad y desocultamiento, puede ser absorbida por una maquinaria comunicacional que ya no pregunta qué revela una imagen, sino qué consigue producir en la conducta de las audiencias.

Entonces, la figura literaria deja de ser una vía de conocimiento y se transforma en una tecnología de movilización o manipulación, apta para ordenar emociones, simplificar antagonismos y administrar el miedo.

 

La falsa metáfora política

Por otra parte, la metáfora auténtica conserva una relación de tensión con lo real, porque permite ver una cosa como otra sin borrar la distancia que separa ambos planos. Ricoeur (2001) mostró que la metáfora viva reorganiza el campo semántico, crea una pertinencia nueva y obliga al pensamiento a trabajar en la zona donde el lenguaje ordinario parece agotarse.

La falsa metáfora política procede de modo inverso: disuelve la responsabilidad interpretativa, reduce la complejidad a impacto, administra excitación y produce un atajo afectivo hacia una conclusión previamente deseada.

En vez de ampliar la percepción, la contrae; allí donde podría sostener una indeterminación fértil, instala una vaguedad interesada; y lo que debería abrir una verdad bellamente oblicua termina funcionando como coartada para quien ya obtuvo de sus palabras el efecto emocional buscado.

La ignorancia terminológica, cuando aparece en quien ocupa una posición de máxima autoridad pública, tampoco puede considerarse un detalle irrelevante.

Toda persona puede equivocarse al usar un término técnico, pero la autoridad política, al servirse de figuras retóricas para justificar una promesa de gran alcance humano e institucional, exhibe algo más que una confusión escolar entre metáfora e hipérbole; revela una relación empobrecida con la lengua, en la cual las palabras se tratan como etiquetas intercambiables capaces de salvar una situación comunicacional incómoda.

Esa pobreza verbal importa porque la democracia depende de promesas inteligibles, deliberación razonable, memoria pública y rendición de cuentas, de modo que el deterioro de las distinciones lingüísticas termina debilitando las distinciones morales y políticas que sostienen la vida común.

La promesa hiperbólica funciona además como un contrato asimétrico con el público. Durante la campaña, se ofrece como literalidad suficientemente fuerte para organizar expectativas, adhesiones y rechazos; después, cuando la literalidad resulta impracticable, jurídica o materialmente inviable, se reubica como figura, énfasis, modo de hablar o frase comprendida por todos.

En esa oscilación se produce un abuso de confianza semántica, porque el hablante se reserva unilateralmente el derecho de decidir cuándo sus palabras deben ser tomadas como compromiso y cuándo deben reinterpretarse como exageración.

Habermas (1981) analizó la transformación de la esfera pública bajo condiciones de publicidad manipulativa y esa perspectiva permite observar cómo el ciudadano deja de ser interlocutor deliberante para convertirse en destinatario de estímulos calculados, slogans plebiscitarios y rectificaciones posteriores que ya no reparan el juego interpretativo producido.

La poesía, en su sentido más noble, resiste la clausura del mundo en fórmulas útiles; por ello resulta especialmente grave que se la invoque para justificar la palabra irresponsable.

Adorno (2004) pensó el arte como un lugar de tensión entre autonomía y sociedad, donde la forma estética conserva huellas de sufrimiento histórico sin quedar reducida a propaganda; cuando la retórica política reclama licencia poética para una promesa de castigo masivo, invierte esa tensión y convierte el prestigio de la figura en salvoconducto para el exceso.

La poesía queda degradada a una excusa ornamental y de sentido común, como si su carácter figurado autorizara cualquier desmesura, cuando precisamente la tradición poética exige una fidelidad más alta a la verdad de la experiencia, una verdad que puede exceder la literalidad, pero que jamás se identifica con la manipulación o la mentira.

En efecto, la mala poesía del poder se reconoce por su impaciencia. Requiere imágenes sencillas, enemigos visibles, cifras memorables, emociones abruptas y titulares que no pierdan eficacia en su impacto.

Jakobson (1981) afirmó que la función poética hace que el lenguaje llame la atención sobre su propia forma; en la propaganda, esa intensificación formal se empobrece y queda reducida a eslogan y repetición publicitaria, de modo que la forma ya no despierta la reflexión, sino el simple reconocimiento grupal.

El caso migratorio ofrece un ejemplo claro de esta degradación. Una política pública seria tendría que distinguir y precisar términos, tales como: ingreso irregular, refugio, trata, empleo informal, redes criminales, responsabilidad estatal, cooperación internacional, debido proceso, derechos humanos, control fronterizo y capacidad administrativa.

La hipérbole electoral concentra todos esos planos en una imagen de expulsión inmediata y esa condensación produce una ilusión de simplicidad que vuelve sospechosa cualquier mediación posterior.

Cuando las instituciones, los tratados, los tribunales, los consulados, los presupuestos y las condiciones materiales obligan a ralentizar o modular la promesa, la mediación aparece ante parte del público como incumplimiento o debilidad, aunque en realidad haya sido omitida desde el comienzo por una espuria poética de la fuerza.

Löwenthal y Guterman (2024), al estudiar las técnicas del agitador, mostraron cómo ciertos discursos convierten malestares difusos en hostilidad dirigida, ofreciendo objetos de descarga emocional y relatos simplificados de salvación colectiva. Esa lógica resulta pertinente para comprender la función de la exageración en escenarios donde la inseguridad, la precariedad económica o el miedo cultural buscan un rostro sobre el cual descargarse.

Así, la cifra enorme, el plazo imposible y la escena de salida forzada producen una pedagogía afectiva: enseñan a sentir que el orden depende de la remoción visible de ciertos cuerpos, y esa enseñanza permanece aun cuando la frase sea posteriormente rebajada a «metáfora» o «hipérbole». La corrección terminológica llega tarde, porque el imaginario colectivo ya fue activado.

Klemperer (2001), desde una experiencia histórica extrema, mostró que la degradación política de la lengua ocurre también a través de hábitos expresivos, fórmulas repetidas, metáforas endurecidas y palabras que colonizan la percepción cotidiana.

La lección debe ser aplicada con prudencia histórica, evitando analogías fáciles, pero permite entender que la salud pública del lenguaje es una cuestión ética. Cuando una sociedad se acostumbra a que las promesas electorales violentas sean reinterpretadas después como figuras retóricas, se debilita la memoria que permite exigir responsabilidad a quien gobierna.

 

Una poética de la precisión sensible

Marcuse (1993), al analizar el lenguaje unidimensional de las sociedades industriales avanzadas, ayuda a comprender el modo en que ciertas fórmulas neutralizan contradicciones mediante expresiones aparentemente obvias, como cuando se afirma que «todos entendieron» lo que se quiso decir, trasladando así la responsabilidad desde el emisor poderoso hacia el receptor anónimo que debe reinterpretar retrospectivamente el exceso.

La democracia necesita una poética distinta, una poética de la precisión sensible. Precisión no significa sequedad tecnocrática, porque la política también requiere imaginación, símbolos, relatos compartidos, memoria colectiva y capacidad de nombrar esperanzas comunes.

De hecho, como lo han planteado algunos autores, las narrativas poéticas de una sociedad son lo que permiten su cohesión y funcionamiento como grupo de organismos muy numeroso (Harari, 2014).

La imaginación pública debe aceptar límites éticos cuando habla de vidas humanas; la metáfora, u otras figuras literarias, debe abrir posibilidades de comprensión en lugar de esconder incumplimientos; la hipérbole debe reconocerse como énfasis y no como promesa publicitaria; y las figuras retóricas usadas en campaña deben poder ser defendidas después sin necesidad de reescribir su estatuto.

La palabra política puede ser intensa, conmovedora y memorable, como lo fue en otros tiempos, pero cuando su fuerza depende de la ambigüedad calculada ante personas estigmatizadas, su uso se convierte en una forma de daño.

En efecto, la poesía auténtica conserva una relación profunda con la fragilidad. Incluso cuando denuncia, exagera o hiere, suele hacerlo para devolver relevancia a lo negado, no para borrar a quienes ya están en posición precaria. Por eso el mal uso político de la poesía no consiste únicamente en equivocarse de término retórico, sino en usar el lenguaje figurado para evitar la responsabilidad de lo prometido.

Una metáfora digna no transforma a una multitud vulnerable en masa expulsable; una hipérbole responsable no convierte un proceso delicado y con muchas vetas humanitarias en espectáculo de la voluntad de poder.

Asimismo, una metáfora no es una mentira elegante y una hipérbole no es un cheque en blanco para la irresponsabilidad o la incompetencia.

Una sociedad donde ya no se puede distinguir entre promesa, figura, exageración y engaño queda expuesta a una política donde el poder habla de un modo espuriamente poético para gobernar de forma prosaica.

El epígrafe de Hölderlin, «poéticamente habita el hombre», nos permite cerrar este ensayo recordando que la poesía no es simplemente un género literario menor ni menos una licencia para diluir responsabilidades, sino una forma profunda de habitar la realidad con atención, sorpresa y apertura.

Heidegger (1989) leyó esa frase como una indicación decisiva: el ser humano no vive plenamente cuando reduce el mundo a utilidad, cálculo o consigna, sino cuando aprende a recibirlo, nombrarlo y custodiarlo en una palabra capaz de revelar sentido.

La poesía posee una gran importancia para la salud humana en su dimensión personal, social y política, porque ensancha la percepción, devuelve espesor a la experiencia, protege la sensibilidad frente a la brutalidad del eslogan y permite que una comunidad conserve vínculos más sanos con la verdad, la fragilidad y la dignidad de quienes la habitan (Cruz-Villalobos & Biota, 2026).

Por eso, cuando la palabra pública degrada lo poético en excusa o manipulación, daña algo más que la precisión retórica: hiere una de las formas más delicadas mediante las cuales los seres humanos aprenden a vivir consigo mismos, con los otros y con la vida común.

A propósito de la expulsión de los 300 mil indocumentados, cierro este breve ensayo con un poema del libro Poesía teológica (Cruz-Villalobos, 2014, pp. 247-248):

 

DIOS ILEGAL

Como todos sabrán
Nuestro Dios justo y amoroso
es extranjero
en el planetario sentido de la palabra

Una vez le pidieron sus documentos
y la policía no quedó satisfecha
Además su acento
Su tono de piel
Su aire sospechoso
Todo indicaba que tendría que irse
Ni para turista le daba la medida

Lo tomaron de la solapa
Le registraron hasta los calzoncillos
y lo dejaron en la frontera
Y así de humillado
partió Dios a buscar otro lugar
pero la historia se repitió

Este ilegal de mierda
Qué hace aquí
Vino a robarnos
A ocupar nuestros trabajos
Que se vaya el maldito

Y de frontera en frontera
el Dios único
Creador de la tierra y sus mares
indocumentado
Partía a buscar un hogar
pero nada
Era extranjero en todas partes

Por último
simplemente decidió
usar pasos fronterizos ocultos
y vivir en la clandestinidad.

 

 

Referencias bibliográficas

—Adorno, T. W. (2004). Teoría estética (J. Navarro Pérez, Trad.). Akal. (Obra original publicada en 1970).

—Aranda, A., & Rosas, P. (2026, 14 de mayo). Kast sale al paso de críticas tras tildar promesa de expulsión de migrantes de «metáfora»: «Quizás la palabra era hipérbole». La Tercera. https://www.latercera.com/politica/noticia/kast-sale-al-paso-de-criticas-tras-tildar-promesa-de-expulsion-de-migrantes-de-metafora-quizas-la-palabra-era-hiperbole/

—Aristóteles. (1974). Poética de Aristóteles: Edición trilingüe (V. García Yebra, Ed. y Trad.). Gredos.

—Cruz-Villalobos, L. (2014). Poesía teológica: Eroga Tau: Escampe del poeta maldito / Haikus al cielo / Dios mendigo: Teografías. Independently Poetry.

—Cruz-Villalobos, L. & Biota, M. (2026). Neurociencia y Poesía: Cognición, emoción y salud. William James Ediciones.

—Habermas, J. (1981). Historia y crítica de la opinión pública: La transformación estructural de la vida pública (A. Domènech, Trad.; con la colaboración de R. Grasa). Gustavo Gili. (Obra original publicada en 1962).

—Harari, Y. N. (2014). Sapiens: De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad (J. Ros, Trad.). Debate. (Obra original publicada en 2011).

—Heidegger, M. (1989). Hölderlin y la esencia de la poesía (J. D. García Bacca, Trad.). Anthropos. (Trabajo original publicado en 1936).

—Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (1998). Dialéctica de la Ilustración: Fragmentos filosóficos (J. J. Sánchez, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1944/1947).

—Jakobson, R. (1981). Lingüística y poética. En R. Jakobson, Ensayos de lingüística general (J. M. Pujol & J. Cabanes, Trads., pp. 347–395). Seix Barral. (Trabajo original publicado en 1960).

—Klemperer, V. (2001). LTI: La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo (A. Kovacsics, Trad.). Minúscula. (Obra original publicada en 1947).

—Lakoff, G., & Johnson, M. (1986). Metáforas de la vida cotidiana (C. González Marín, Trad.). Cátedra. (Obra original publicada en 1980).

—Löwenthal, L., & Guterman, N. (2024). Profetas del engaño: Un estudio de las técnicas del agitador estadounidense (F. J. Hernàndez, Trad.). Las Cuarenta. (Obra original publicada en 1949).

—Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional: Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (A. Elorza, Trad.). Planeta-Agostini. (Obra original publicada en 1964).

—Ricoeur, P. (2001). La metáfora viva (A. Neira, Trad.; 2.ª ed.). Trotta/Cristiandad. (Obra original publicada en 1975).

 

 

 

 

 

 

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Luis Cruz-Villalobos es un escritor, editor, poeta y psicoterapeuta chileno.

Especialista y posgraduado en psicología clínica de la Universidad de Chile, y doctor en filosofía por la Vrije Universiteit Amsterdam (Países Bajos).

Creador de una amplia obra literaria, con más de 50 libros de poesía publicados, además de varios ensayos sobre afrontamiento postraumático, hermenéutica aplicada y estética, el director titular del Diario Cine y Literatura también fue académico de posgrado en la Universidad de Chile (en el programa de magíster en psicología clínica) y de pregrado en la Universidad de Talca (en la Facultad de Psicología).

El profesor Cruz-Villalobos asimismo es el autor de la reciente versión hispanoamericana del protocolo SPIRIT para terapia espiritualmente integrada, y cuyo texto original es usado en el McLean Hospital de la ciudad de Belmont, en Massachusetts, Estados Unidos, y el cual es un establecimiento de tratamiento psiquiátrico asociado a la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

 

Luis Cruz-Villalobos

 

 

Imagen destacada: Presidente José Antonio Kast.

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