«Marilyn»: Pueblo chico, infierno grande

El factor artístico y audiovisual que destaca en el largometraje de ficción inaugural del realizador argentino Martín Rodríguez Redondo es la construcción, más que solvente, de una historia breve que va ganando en espesor dramático a medida que los minutos, que pasan lentos -como demorosos son los tiempos en la llanura pampeana de un pueblo cercano a La Plata- viran hacia un final argumental impensable. La cinta se estrena este jueves 21 de marzo en las salas de Chile.

Por Alejandra M. Boero Serra

Publicado el 21.3.2019

 

«Yo quiero ser feliz.
Todo aquello que soñé,
hoy lo voy a cumplir.
Nunca me sentí tan bien,
nunca me sentí así.
Mi nombre es Marilyn».
Kumbia Queers

Inspirado en la historia real de Marcelo «Marilyn» Bernasconi, Marilyn es la ópera prima del realizador argentino Martín Rodríguez Redondo. Si la primera transcurrió en 2009 y fue tapa de todos los medios sensacionalistas, acercarse a ésta sin datos extras sería recomendable, puesto que la película se sostiene en un relato verosímil que no necesita adjuntos. Lo que atrapa aquí es la construcción, más que solvente, de una historia breve que va ganando en espesor semántico a medida que los minutos, que pasan lentos -como lentos son los tiempos en la llanura pampeana de un pueblo cercano a La Plata- viran hacia un final impensable.

Si para muchos salir del clóset es un camino engorroso, para Marcos -interpretado por debutante que no lo parece (el actor Walter Rodríguez)- se convierte en la tragedia de su vida.

Discrimanación. Acoso. Violencia. Ese el círculo en que un adolescente que no sirve para las tareas rurales -para las cuales se supone está destinado- se mueve. Quizás habría que decir que sólo se sostiene en la precariedad de sus relaciones: el padre, Carlos -encarnado por Germán De Silva- piensa que él los va a salvar y a mantener porque estudia y va a redimir a estos tristes y enajenados puesteros; la madre, Olga, que sabe que hay algo que corregir en su hijo menor -la chilena Catalina Saavedra-; el hermano mayor, en tanto, es puro amargor y resentimiento.

Marcos cuenta con la confianza del padre, la amistad de Laura -Josefina Paredes-; la breve historia de amor con Federico -Andrew Bargsted- y el hostigamiento de un entorno social y familiar opresivo. Es justamente allí, en ese ámbito familiar, donde se replica con mayor crudeza la estigmatización de «ser distinto». «¿Por qué me hacés esto?», pregunta la madre cuando descubre ropas de mujer en el cajón de su hijo. En la zona no hay registro de la palabra «gay», de las personas «transgénero». Sí de la dialéctica del amo y el esclavo: el patrón y «los patrones» dominan.

Gestos, miradas, silencios: una íntima búsqueda de identidad sexual en torno al universo de lo femenino en escenas que, sutilmente, esbozan acciones que atienden la voz del deseo. Elegir una falda para la madre, sentir la textura de una tela, tomar el rímel para resaltar, aún más, unos ojos que ansían encuentros que terminan resultando, indefectiblemente, fallidos.

Desde la primera toma Marcos padece el olor a miedo que lo cerca. Bastan sólo el rugido de unas motos, en el camino polvoriento, para saber que la amenaza está y se hará sentir. Esas motos que amedrentan y huyen serán como una banda de sonido extra. Y un leit motiv tenebroso. El polvo que levantan se adhiere a la piel de Marcos para quemarlo.

Una sola escena libera los sentidos y quiebra las defensas del protagonista: el baile en la noche de carnaval. Marcos se metamorfosea en la diva que mira y es mirada, que transpira y bulle en lamé, que se contornea y se muestra a la luz detrás de una máscara que lo delata, Marilyn.

Lo que distingue a este filme de otros que recorren «la salida del placard» son las preguntas que suscita: ¿cómo se construye la identidad de género en un ámbito heteropatriarcal?, ¿cómo «ser uno»  sin que la sociedad se sienta en riesgo de desintegración?, ¿cómo ser gay y pobre sin morir en el intento? No hay respuestas. Porque no hay proclamas.

Lo que sigue es la cultura machista y quizás un grito feminista sería deseable: ¡Se va a caer!

Sin eufemismos ni estereotipos, Rodríguez Redondo plasma un relato hiperrealista con planos cuidados, un tempo narrativo in crescendo sin perder el tiempo que recubre y descubre el lugar de los hechos. Ambientación, fotografía, luces y música que se van moviendo al pulso sincopado y a la asfixia que corre por dentro de la cabeza y el cuerpo de Marcos. Desde allí se muestra todo. Allí se mete la cámara y se despliega en el entorno enrarecido que termina siendo de una oscuridad total.

Las interpretaciones son descollantes: el debut de Walter Rodríguez se come la cámara: su sola presencia habla, grita, baila, acepta; Catalina Saavedra (La nana, Neruda) no puede ser más dura y distante y aún así cómo juzgar su vida gris, sin demasiadas opciones y quien muestra que el machismo no es cuestión, sólo, de hombres; el también chileno Andrew Bargsted (Nunca vas a estar solo) aporta lo genuino de la aceptación y el afecto sincero y el reconocidísimo Germán De Silva (Las acacias, El limonero real, La educación del rey) vuelve a demostrar su idoneidad en un papel que lo hace cercano pese a su parquedad y sumisión.

La banda sonora del grupo Kumbia Queers se luce en el momento en donde Marilyn tira con desenfado el traje de Marcos.

Y la escena final… Bueno, allí otra película vuelve a contarse, desde otro ángulo. El flashback es todo nuestro, volvemos a pensar lo visto con otras lentes. Tantas derivas pueden aparecer.

Marilyn, coproducción argentino-chilena (2018), sin golpes bajos, con austeridad y belleza se empodera en cines y festivales. Estrenada oficialmente en la Berlinale donde fue aplaudida y debatida, ganadora del festival LGBT de Tel Aviv y participante en la categoría Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián sigue desatando nudos.

 

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SANFIC 14: “Marilyn”, de Martín Rodríguez: Luchando por la identidad.

 

Alejandra M. Boero Serra (1968). De Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina, por causalidad. Peregrina y extranjera, por opción. Lectora hedónica por pasión y reflexión. De profesión comerciante, por mandato y comodidad. Profesora de lengua y de literatura por tozudez y masoquismo. Escribidora, de a ratos, por diversión (también por esa inimputabilidad en la que los argentinos nos posicionamos, tan infantiles a veces, tan y sin tanto, siempre).

 

Rodolfo García Werner y Walter Rodríguez en una escena del filme «Marilyn» (2018), del realizador argentino Martín Rodríguez Redondo

 

 

 

 

Alejandra M. Boero Serra

 

 

Tráiler:

 

 

Imagen destacada: El actor Walter Rodríguez en Marilyn (2018), de Martín Rodríguez Redondo.