[Crítica] «El pasajero del diablo»: El testigo maldito en la carretera

El filme del realizador noruego André Øvredal funciona mejor cuando se acepta como una «road movie» de persecución y maldición, pero desde un registro más lúdico que solemne, y donde su estética audiovisual tiene una premisa clásica y un buen uso del horror asociado al viaje nocturno.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 21.5.2026

El pasajero del diablo (Passenger) es un largometraje de 2026 dirigido por André Øvredal, director noruego conocido por Trollhunter, La autopsia de Jane Doe y El último viaje del Demeter. La historia emplea un tropo bastante reconocible del terror: el de los personajes que quedan marcados por haber visto algo que no debían.

Algo similar ocurre en películas como The Ring, Smile o It Follows, donde la amenaza funciona casi como una infección. En El pasajero del diablo, esta maldición se activa cuando los protagonistas se detienen en una carretera durante la noche, después de presenciar un accidente horrible. Desde ese momento, una criatura empieza a perseguirlos con la intención de provocarles un trance mortal.

El filme mezcla comedia y horror desde el inicio, lo cual es probablemente su mayor fortaleza. Todo parte con una situación cotidiana y medio absurda: uno de los personajes ha tomado demasiada agua y necesitan detener la furgoneta para que pueda orinar.

La escena, que parece pensada para aliviar el tono, cambia abruptamente cuando el personaje vuelve al vehículo y descubre que el conductor ha desaparecido. A partir de ahí comienza la persecución de una criatura con rasgos demoníacos, capaz de aparecer y desaparecer a voluntad, manipular la mente de sus víctimas y controlar lo que ocurre a su alrededor.

 

Un espacio con reglas y mitología propia

Esa criatura es, al mismo tiempo, uno de los atractivos y uno de los problemas de la obra. Su presencia impone y al inicio resulta más bien espectral y ominosa, pero sus poderes son tan amplios que la tensión pierde algo de fuerza.

Si puede teletransportarse, romperle el cuello a alguien mientras conduce, alterar estados mentales y mover a los personajes entre espacios, se vuelve difícil creer que no pueda matarlos cuando quiera. La explicación de que se está entreteniendo con ellos se siente algo conveniente, y por eso las escenas donde los personajes intentan defenderse con golpes o armas improvisadas parecen poco convincentes.

Lo más interesante está en el pequeño folklore que la película construye alrededor de la carretera. Hay toda una comunidad de viajeros en furgonetas y casas rodantes que conocen la leyenda del «pasajero». Han dejado señales, advertencias y una especie de manual para sobrevivir a la entidad.

Esa idea le da más espesor al mundo del filme, porque convierte la carretera en un espacio con reglas y mitología propia. No es solo un lugar de paso, sino una zona maldita donde detenerse de noche puede transformarse en una condena.

Finalmente, la resolución recae en lo más convencional, con la criatura explicada como una entidad demoníaca y la búsqueda de una iglesia perdida como posible forma de enfrentarla. Aun así, el viaje resulta entretenido: pasan varias cosas, el ritmo no decae demasiado y la película no se toma completamente en serio a sí misma.

Con todo, las canciones y los momentos cómicos alivian la tensión y dejan claro que El pasajero del diablo está más interesada en ofrecer una experiencia dinámica que en sostener una mitología perfectamente cerrada.

En ese sentido, funciona mejor cuando se acepta como una road movie de carretera, persecución y maldición, desde un registro más lúdico que solemne. Tiene una premisa clásica y un buen uso del horror asociado al viaje nocturno.

Sus problemas aparecen cuando la amenaza se vuelve demasiado poderosa para las propias reglas del relato, pero aun así logra proponer una variación entretenida del tropo de la maldición contagiosa. La película parece entender su propia regla: mientras no se detiene a explicar demasiado, el viaje funciona.

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: El pasajero del diablo (2026).

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