Cuento «Saberes: Heroínas del Transantiago»

Enviado por un amigo cercano de este Diario, presentamos un relato ficticio e inédito, acerca de la vida chilena y cotidiana de hoy, cuya trama y argumento se centran -en cuanto espacio narrativo primordial-, en el sistema de trasportes público y colectivo de la ciudad capital del país. Simplemente imperdible.

Por Jorge Scherman Filer

Publicado el 8.12.2017

Soy, por circunstancia de la vida, un habitué del TranSantiago. Me empobrecí y debí vender mi auto, y hube de vivir la experiencia del transporte público, una experiencia alucinante. Por decir lo menos, una experiencia bizarra. Nunca pensé que intentar moverse en la capital me depararía tantas sorpresas, tantas curiosidades.

Vamos lento, vamos piolita, les contaré tres vivencias inhabituales, al menos para mí, un adulto privilegiado por donde se lo mire. Estudié en el Grange School, luego ingeniería en computación en la Cato, me casé con una chica bien, comme il faut. Estudiaba Psicología en una “U” privada, apellidos vinosos y toda esa parafernalia.

Me dejó en razón de que, según la Maca, yo tenía tendencias “igualitaristas y sexuales desmedidas”.  Yo le citaba a Silvio: “El mundo está a favor de los pequeños. El mundo está a favor de los olvidados. El mundo está a favor de buenos sueños”. A Macarena, mi ex, le importaba un pico Rodríguez y mis tendencias eróticas y políticas. “Ponte las pilas huevón”, me decía, “eres un profesional top” (sic), “de lo más inteligente, ¿adónde vas?, nadie te entiende, menos yo”.

La weá es que me patió, se quedó con todo nuestro patrimonio, excepto el auto que hube de vender después de más de un año de cesantía. Me echaron del Hospital Católico por separarme, una weá que no entendía. Es que yo nunca he entendido a los católicos, ni ellos a mí. ¡Vaya sorpresa! Se oponen al aborto y yo lo reivindico. Cero posibilidades de entendimiento. Claro que cuando me echaron me dieron una explicación muy razonable: necesidades de la empresa, según la ley.

Mentira, lo que había pasado era muy diferente. En una celebración de Pascua del Hospital Católico me subí al escenario, tomé el micrófono y dije: “¡Sí al aborto!”, lo grite fuerte con un par de copas de más. Hasta ahí no más llegué. Necesidades de la empresa. Macarena, quien me observaba desde la mesa, no entendió mi euforia y me mandó a paseo.

Irreverente, hube de buscar un nuevo camino sin pega ni esposa. Yo más huevón que los perros nuevos me instalé doce meses después en la aventura del transporte público. Y aquí voy.

A Estela me la topo un día a las diez de la mañana. Vamos en un bus que avanza por Macul rumbo a Irarrázaval. Que avanza es una manera suave de decirlo, para no usar las palabras renguea y se sacude, pues entre las orugas y el chofer que parece haberse sacado el carnet de conducir en una rifa, literalmente renguea y sacude hacia los lados, de atrás para adelante y viceversa con los frenazos.

La mujer trabaja en una pizzería de Ñuñoa, entra a las 11 de la mañana y el local cierra las tres de la madrugada. Estela labora de lunes a sábado (el único en que su jornada de trabajo termina a medianoche). Tiene dos medias horas de descanso, donde por turnos almuerza y cena con [email protected] de sus compañ[email protected], a quienes en su mayoría conoce desde hace mucho tiempo. Tiene alrededor de 40 años y está separada con un hijo de poca edad. ¿Ya adivinaron? No es tan difícil entender que apenas lo ve, excepto en las mañanas cuando lo despierta y va a dejar al colegio, y los domingos. Otra mujer, recuerdo que me dijo una prima, se encarga de irlo a buscar al cierre de la jornada escolar, y durante las demás horas en casa hasta que el infante se duerme.

Estela inicia su trabajo haciendo limpieza del local, hasta que a mediodía se abren las puertas, y al igual que [email protected] [email protected] trabajadores de la pizzería parten con la atención de la clientela, habitúes [email protected] más. No para, excepto la hora para almorzar y cenar, durante 14 horas (no me contó cuánto gana, ni se lo pregunté: siempre me ha parecido de mal gusto hacer esa pregunta).

Fui unos días después a la pizzería y pude comprobar que siempre atiende “regio niña” (ya lo saben, soy un cuico), jamás pierde la calma, sonríe y se hace respetar. Es harto buenamoza la Estela, los tipos me respetan, me conocen bien, ninguno quiere llevarse un combo, me respondió, cuando antes de pagar mi consumo le pregunté: ¿A usted los clientes le tiran mucho los cortes? (queja pesquisada en conversaciones con garzonas-estudiantes universitarias que trabajan en un bar elegante de Ñuñoa).

Su historia ya me la había contado en el zangoloteado trayecto ese día que avanzábamos por Macul hacia Irarrázaval. Yo iba leyendo el diario, las noticias internacionales, específicamente el triunfo en segunda vuelta de Hollande sobre Sarkozy. Estela iba concentrada mirando al frente, y sin saber por qué (me suele pasar que no sé la razón que en ocasiones le hablo a [email protected]), le pregunté: ¿Qué opina del triunfo Hollande en Francia?

Coqueto yo, y medio haciéndome el informado e inquisitivo acerca de sucesos europeos. Muy tranquila, Estela me respondió: ahora la Carlita Bruni lo va a botar, con b larga, caballero. Me quedé atónito por un lapso prolongando y, a posteriori, pensé: era la manera, con un dejo de humor y sapiencia, en que la relación entre farándula y política había ingresado en el imaginario de esta mujer de a pie. Cínico, solo respondí: será porque canta tan bonito (encuentro que canta sin ninguna gracia), y Sarko desentonó. Más bien dejó la cagada, acotó Estela.

Ada es una mujer de algo más de 50 años, bajita y flaca, ojos castaños y un hermoso pelo apenas ondulado que le llega casi a la cintura. Es linda, y me la encuentro en el bus 511 que sube por Grecia hacia el este. Me subo en Tobalaba, quedo junto a ella y otra mujer maceteada, vestida toda de negro. Vamos los tres parados en el espacio frente a la puerta de bajada intermedia del vehículo. Enrabiada, Ada le está diciendo a la de negro que el huevón de mi yerno llegó curado y ahora puede perder la pega. Y continúa con me levanto a las cinco de la mañana, revendo todo lo que la gente bota (frazadas, sillas, televisores viejos y demás). Tengo cinco hijos, y les he puesto casa a todos, continúa Ada, y quiere seguir, pero llegamos al paradero siguiente y la otra debe descender.

Se reinicia la marcha y le digo: señora, tengo oídos, qué paso con su yerno. Ya lo dije, me responde, el huevón llegó curado a la una de la mañana, a las cuatro tuvieron con mi hija que ponerle el a la guagua, y después el huevón se quedó dormido y no se levantó a las cinco, llegó tarde al trabajo y capaz que pierda la pega. ¿El qué se olvidaron de ponerle?, pregunto. El , la niña tiene asma. Entiendo dije, ¿y por qué no puso el despertador? Mire señor, me contesta Ada sacando su celular del bolsillo, no estoy en contra de la tecnología, y más encima el calentador de agua tiene timer.

En ese minuto el bus llega a mi paradero en Consistorial, le digo disculpe, tengo que bajarme. Antes de que descienda, Ada me dice: yo sé señor que tengo que calmarme. Y yo, medio en broma medio en serio (asumo que es cristiana), pues soy un ateo irredento, desde la vereda, antes de que se cierren las puertas, me despido tratando de consolarla: señora, con paciencia se gana el cielo, que Dios la acompañe.

Día de semana. Diez de la noche, voy sentado en el 505 por Américo Vespucio y debo bajarme en Grecia. Es la primera vez que hago ese recorrido y mi amiga Andrea, me dirijo a su casa, me ha señalado el número de los buses y dónde bajarme para la combinación.

Raquel está sentada de costado frente a mí, con el pasillo entremedio. El bus (amado por los jóvenes que viven en Ñuñoa y Peñalolén, en vista de que pasa toda lo noche: yo mismo lo he tomado hasta la Plaza Ñuñoa viniendo de mis carretes salseros en Bellavista, vía la Alameda y Vicuña Mackenna, acabando en los faldeos de los cerros), renguea y se sacude, o aún peor: cual dromedario citadino, ajeno al más acompasado meneo desértico.

Como no sé exactamente dónde se detiene el bus al llegar a Grecia, se le pregunto a la joven, agregando que debo tomar el 506, 507 o 511. Voy para donde mismo, me responde, pero es mejor bajarse después de la parada en Vespucio, si no hay que cruzar a pie la rotonda hasta la parada a la salida del Metro, y los automovilistas son unos salvajes, sígame. Donde fueres, recuerdo, haz lo que vieres.

El 505 rodea la rotonda, llega al supermercado Santa Isabel y enfila hacia el este. Ahora nos debemos bajar, me dice Raquel. Descendemos, me dice hacia allá, y sin más me larga que el hijo del dueño del minimarket es un canalla, llegó a las 11 de la mañana y comenzó a darme órdenes, lo mande a la chucha. Perplejo y tímido, le pregunto qué pasó. El huevas tiene casi 30 años y es un mantenido, un vago, el que trabaja es el padre, y se le ocurre pedirme que haga puras weás inútiles. ¿Y no tuvo problemas con el dueño?, le pregunto. No, el viejo cacha que anda puro hueviando. Raquel es soltera, sin [email protected], tiene 27 años, entradita en carnes, ni baja ni alta, nada bonita sin ser fea, y vive literalmente en el cerro, hacia los faldeos después de que termina Grecia, y trabaja en la calle Covarrubias.

Antes de llegar al paradero para tomar la combinación, inquiero: ¿Y a qué hora se levanta? (aparte de los adolescentes, nunca tuteo, independiente de la edad, si no me tutean). A las cuatro y media. Pero son más de la diez de la noche, ¿a qué hora entra a trabajar? A las seis de la mañana. ¿Y le pagan horas extraordinarias? Sí. ¿Y llega a esta hora a comer? No, en el segundo piso del minimarket hay un comedor y nos dan comida a las ocho de la noche. Hago un cálculo rápido y afirmo: entonces duerme seis horas. Por ahí, a veces un poco menos.

Arriba el 507 y quedamos sentados juntos. ¿Y usted cómo se llama? Jaime. ¿Y qué hace? Soy computín y escritor aficionado. Ah, ¿y adónde va? Me bajo en Consistorial, voy a la casa de una pareja de [email protected] que viven un par de cuadras más allá de Antupirén. Entonces usted viene de una familia bien constituida, ahí viven puros cuicos, afirma muy segura. ¿Y qué le voy a hacer?, Raquel, no puedo cambiarlo, nací cuico en un hogar de izquierdistas donde había cocinera y “niña de mano”. Yo prefiero ser pobre, cacho que tener plata trae puros problemas. Estoy de acuerdo con usted, un gusto conocerla, y debo pararme pues estamos a unos 50 metros de Consistorial.

Luego de bajarme y mientras camino pienso en aquello de la familia bien constituida, una expresión quizá polivalente si la miramos junto a lo de preferir la pobreza. ¿Hay en Raquel un dejo de resentimiento, desprecio, envidia, orgullo, o quién sabe qué otras emociones no expresadas?

Llego a la casa de mis [email protected] pensando en la rabia y saberes de esta tríada de mujeres populares que he conocido en la misma semana, trabajadoras que van por la vida luchándole duro, y se me ocurre que tal vez desmienten el dictado bíblico: venimos a este valle de lágrimas. Motivos tendrían, pero no les escuché ni un suspiro, ni menos un sollozo.

Le mandé estas vivencias vía e-mail a Macarena y me respondió: “Tú estás loco. Y si he de ser procaz, te digo que estás meando fuera del tiesto. Atina Jaime, pareces un niño malcriado”.

¿Yo? ¿Un niño malcriado? ¿De dónde? Me criaron como las weas para que fuera un tipo decente, cool, como dicen ahora. Amo la irreverencia, aunque la Maca tiene razón, me hago el loco, voy de serio. Y voy por la vida de outsider.

Me encanta hackear y estafar vía Web. Me auto-defino como un anarquista digital. Hackié el sitio del Ministerio de Transporte y me apropié on line de los ahorros de un par de personajes de alcurnia que odio con todo mi corazón.

Obvio, me cacharon y me fui en cana. El juez que me condenó dijo: ¡No puedo creer que un ingeniero en computación como usted, formado en un colegio y universidad decentes, haya caído tan bajo! Cinco años de condena.

Solo me quedan las fantasías eróticas. Aquí en la cárcel, entre hombres, me resulta difícil. La Maca no viene a verme. Las amigas me vienen a ver, pero son eso, solo amigas, nada de divagar, aunque aquí en la Penitenciaría tenemos arreglos para hacer el amor. Usted elija la variante, dice Antonio, mi compa de celda, cagado de la risa.

Fuck them all!

¡¿Fantasías eróticas?!

Me retiro a la mazmorra que ocupo en la Peni y solo me queda la utopía de hacer el amor con mi ex.

Soy un soñador. La Maca tiene razón.

 

El autor de este relato: el novelista Jorge Scherman Filer (1955), institutano, economista y doctor en Literatura

 

Imagen destacada: Los actores Viviana Herrera y Andrés Ulloa en una escena del largometraje «Play» (2005), de la directora chilena Alicia Scherson