«¿Cuánto tiempo viven los perros?», de Amanda Teillery: El silencio cómplice de una clase favorecida

La joven autora chilena despliega en esta ópera prima una prolijidad escritural formidable: los cuentos de este volumen son historias en las cuales se observa un progreso en el acontecer dramático, donde hay un trabajo minucioso con los textos, y un especial cuidado en el detalle y al desarrollar una contención que potencia la atmósfera perturbadora propias de la omisión afectiva y social.

Por Francisco García Mendoza

Publicado el 29.5.2018

Colegios y universidades privadas, salidas en el auto del papá, familias con buena situación económica y personas de pelo rubio o castaño claro, son algunos de los elementos presentes en la primera publicación de Amanda Teillery Delattre (Santiago, 1995) y, de cierta manera, conforman el esqueleto del conjunto de cuentos titulado ¿Cuánto tiempo viven los perros? (Emecé, 2017).

En “Conocer gente es fácil”, se narra la reflexión de un padre que acompaña a matricular a su hija a la Universidad Católica. Las actitudes de su hija le devuelven la distancia con la que observaba los usos y costumbres de esa clase social a la que antes no pertenecía y de la que hoy en día es parte: gente que ve al resto desde una superioridad clasista y vive tratando a los demás con desdén.

La diferencia con su ahora familia es que él, Osvaldo, accedió a ese mundo gracias a los contactos que naturalmente fue conociendo en su etapa universitaria. Hoy, en el presente, ve en su hija todo lo que alguna vez le provocó rechazo: la arrogancia y la superficialidad de cierto tipo de gente de habitual deambular por el campus.

La lectura de este cuento motiva interesantes reflexiones sobre qué significa realmente estar en uno u otro lado, sobre si acaso esas diferencias involucran necesariamente cierto tipo de comportamientos que al que está en la vereda del frente le parecen despreciables: “Y aunque tuviera sentimientos encontrados sobre la atención que recibía de Osvaldo, lo que les decía a sus amigas no era completamente falso. Porque sabía que Osvaldo no estaba a su altura. Porque Isidora creía saber cómo debía ser su vida, y no había espacio ahí para él. Era algo simplemente inconcebible. Pero continuaba existiendo aquel calorcito dentro de ella, que punzaba cuando Osvaldo le mostraba sus atenciones” (p. 43).

La cita anterior habla, precisamente, sobre aquella incompatibilidad social que pesa mucho más que los sentimientos hacia una persona.

De cierto tipo de comportamientos también se cuenta en “Hazte hombre”, relato que narra cómo un joven profesor, egresado del mismo colegio en el que ahora trabaja (metáfora endogámica quizá), lleva a sus alumnos adolescentes a un prostíbulo en mitad de un paseo de estudios. Matías, el más reacio, el que no está de acuerdo con las actitudes de los machitos zorrones, finalmente cede para poder encajar en el grupo al cual —pareciera no haber otra posibilidad— debe pertenecer: “(…) a Matías lo invadió un odio hacia José Tomás. Hacia él, que andaba por la vida como si ya lo supiera todo, que siempre le hablaba con tono de superioridad, que se creía el mejor manejando el auto de su papá sin permiso y con sus tarjetas de crédito (…) Quiso gritarle, preguntarle quién mierda se creía que era, pero no encontró la voz, no encontró la fuerza” (p. 84).

Así como Osvaldo en el primer cuento, Matías también tiene esa necesidad de pertenencia, de aceptación que pesa mucho más que sus aparentes convicciones o ese extrañamiento que finalmente sucumbe ante el peso del grupo.

En “Nunca más vamos a hablar de esto”, Teillery insiste en las: “Adolescentes delgadas y rubias que caminan con soberbia. Adolescentes que se creen dueñas del mundo y que vienen a veranear con sus familias que, muchas veces son dueñas del mundo, al menos de este”. En este relato salen a la luz secretos de infancia que desestabilizan o revelan las contradicciones de cierto sector de la sociedad que prefiere tapar el abuso con dinero tratando de resguardar ese lugar de privilegio que se defiende a toda costa: “Todos nos conocíamos, nos movíamos en el mismo círculo, todos ubicaban al tío Santiago (…) Mis papás nunca han vuelto a hablar de lo que pasó. Hacen como si nada” (p. 111).

Amanda Teillery despliega en su primera publicación una prolijidad escritural formidable, son historias en las que se observa un progreso en el acontecer dramático, hay un trabajo minucioso con los textos, con el detalle y la contención que potencia la atmósfera perturbadora del cómplice silencio de una clase favorecida.

 

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Francisco García Mendoza (1989) es escritor y profesor de Estado en castellano y magíster en literatura latinoamericana y chilena titulado en la Universidad de Santiago de Chile. Como creador de ficciones, en tanto, ha publicado las siguientes novelas: Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas bajo el sello Editorial Librosdementira.

 

La portada del volumen de relatos editado recientemente por Emecé (2017)

 

 

Francisco García Mendoza

 

 

Crédito de la imagen destacada: Pintura «Perros de la calle», de Antonia Teillery.